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Rosa, Rosae, Rosa

La primera vez que vi a Rosa fue como una ventolera de contradicciones que fueron tomando tierra a medida que dejó de echar aire allí donde no tenía sentido.

La dama de la impaciencia, del aquí y ahora, del “lo voy a intentar, lo he intentado, lo vuelvo a intentar”. La víctima de una jaula perfecta llamada cabeza, donde ella, sin darse cuenta, fue depositando grandes dosis de libertad. Se quedó sin ninguna, o esa creía.

Decir que Rosa es una más de todas las personas que ponemos excusas para no llevar adelante un plan, no tendría sentido. Rosa es más que todo eso. Rosa es frescura maniatada y el colmo de la generosidad. Es la reina del despiste, del corazón grande y del “todo o nada”,

Gracia Rosa por tu camino compartido, y por tus momentos de todo, y por tus vacíos de nada. Alguien que tanto da, siempre tiene algo que seguir dando. Gracias preciosa Rosa. Me ha encantado compartir junto a ti el inicio de un nuevo camino que deseo, nunca dejes de andar.

Parte I

Parte II

Mueve el culo, donde estás no crece nada.

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Zona de confort: lugar del que nos da miedo salir

Vamos a imaginar que tenemos un cerebro muy inteligente, de esos que cuidan de nosotros, de esos que velan por nuestra seguridad y supervivencia por encima de todo. Ahora vamos a imaginar que eso es así. Lo es.

A nuestro cerebro le encanta sentirse seguro, estar tranquilo pensando que en el lugar donde estamos no nos va a pasar nada, porque lo conoce, porque ahí ha descubierto que no existe el peligro, porque todo lo que ocurre dentro de ese sitio es predecible. Todo bajo control. Todo en zona de zonfort.

¿Y qué hace nuestro cerebro para asegurarse que no vamos a salir de ahí? El muy listo tiene dos planes infalibles, muy bien pensados y con un objetivo muy, muy claro: hacer que volvamos al mismo lugar de siempre. Una de esas estrategias tiene que ver con meternos miedo para que no demos ni un solo paso hacia adelante. Lo vamos a llamar PLAN A. Y la otra tiene que ver con salir por patas, haciéndonos ver que podemos con todo, aunque no nos hayamos preparado antes. PLAN B es un buen nombre.

Los vemos.

PLAN A. Imaginemos que queremos un cambio en nuestra vida. Sentimos que todo es igual, que nos aburrimos, que necesitamos algo nuevo, que hay cosas que ya no tienen sentido. Es entonces cuando aparece una voz interna, una llamada de algo o alguien que no tenemos identificado y que nos dice “atrévete, ni lo dudes, tú puedes” y se empieza manifestar, si no la escuchamos, en forma de infelicidad, de dejadez, de siempre-todo-es-lo-mismo, de apatía.

Entonces, le hacemos caso, estamos preparados para el salto, para acudir en busca de esa vida nueva, lo veo. lo ves. Peeeeero, llegado el momento de la acción, aparece un abanico enorme de excusas, de impedimentos, de miedos que te dicen de todo y que resumes en uno: “Y si…” . ¿Y si sale mal? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no es lo que realmente quiero? ¿Y si lo pierdo todo? ¿Y si?

Y ahí lo tienes, en bandeja, a tu cerebro inteligente protegiéndote de un futuro incierto, inundándote de miedos para que nada pase. Y es verdad, no pasa nada, salvo una cosa: la vida. Tu compañero de viaje se encargó de joderte la maleta. Bienvenido a tu ataúd de cristal. Nada pasa porque… ¿y si pasa?. Mejor en lugar seguro.

PLAN B. Seguimos imaginando que queremos ese cambio, seguimos sintiendo que todo es igual y pensando que queremos que no lo sea. Esta vez va en serio. Es definitivo. El lunes empiezo la dieta, voy a salir a correr todos los días, voy a ser yo, de nuevo. Y entonces aparece esa voz maravillosa, esta vez cargada de motivación, de energía de la buena, de cosquillas en el estómago. Nada puede fallar. Esta vez sí.

Y es entonces cuando te sientes infalible, inagotable, inigualable. Lo más. A partir del lunes no me para nadie. Y sales a correr un día, y dos, y los hidratos desaparecieron de por vida, un día, dos… pero al tercero ya no corres porque te mereces un descanso y el domingo toca tarta, porque durante la semana te portaste bien. Eso sí, nadie podrá negar que lo has intentado. Palmadita en la espalda y a dormir pensando:  “Correr no es lo mío. Estar delgada, tampoco”.

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Y así tu cerebro te la metió doblada. Sin piedad te hizo creer que podías correr maratones sin entrenar, te despegó del suelo a golpe de ilusión irreal para que lo intentaras, pero no lo consiguieras. ¿Para qué? Para que no salgas de su lugar preferido, para que no te pase nada, para protegerte de un final incierto. Tu cerebro se disfrazó de soberbia, haciéndote creer que podías ser artista de lienzos sin pasar por la academia de pintura.

¿Y entonces? Entrena, pero poco a poco, no asustes a ese compañero cobarde, acompáñalo suave, sin prisa y con paciencia. Toda la que haga falta. No abandones la zona donde se siente seguro, simplemente, hazla crecer. Que sea fácil, que asuste sin atemorizar, que genere confianza.

La voluntad se conquista poco a poco y muchos pocos… hacen mucho.

Sal, comprueba que la vida no se te va en ello y recuerda que… donde estás cómoda, no crece nada. Movamos el culo ;-))