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Rosa, Rosae, Rosa

La primera vez que vi a Rosa fue como una ventolera de contradicciones que fueron tomando tierra a medida que dejó de echar aire allí donde no tenía sentido.

La dama de la impaciencia, del aquí y ahora, del “lo voy a intentar, lo he intentado, lo vuelvo a intentar”. La víctima de una jaula perfecta llamada cabeza, donde ella, sin darse cuenta, fue depositando grandes dosis de libertad. Se quedó sin ninguna, o esa creía.

Decir que Rosa es una más de todas las personas que ponemos excusas para no llevar adelante un plan, no tendría sentido. Rosa es más que todo eso. Rosa es frescura maniatada y el colmo de la generosidad. Es la reina del despiste, del corazón grande y del “todo o nada”,

Gracia Rosa por tu camino compartido, y por tus momentos de todo, y por tus vacíos de nada. Alguien que tanto da, siempre tiene algo que seguir dando. Gracias preciosa Rosa. Me ha encantado compartir junto a ti el inicio de un nuevo camino que deseo, nunca dejes de andar.

Parte I

Parte II

De triángulos y esas cosas

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Querido triángulo de Karpman: ¿a qué juegas?

Érase una vez una mujer que se creía tan débil, que cada vez lo era más. Su voz se fue convirtiendo en el lamento de todos los males, el centro de la energía cansina, de la queja, del pobre de mí. La víctima de un mundo injusto que procuró en ensañarse con ella como si no hubiese un mañana. La pobre.

Un día esa mujer atrajo por arte de magia a un señor muy salvador, de esos que siempre buscan (y encuentran) una causa perdida por la que luchar, un hombre protector, de esos que, con su espada al viento, entonan la frase: “nena, mientras estés conmigo, no te va a pasar nada”.

Se enamoraron. Ella se sentía protegida y él, protector de aquella causa noble de hacerla feliz. Ella creyó ver en él el fin de todos sus males. Él encontró la utilidad eterna de salvar a toda costa a su bella amada de las infelicidades de la vida. Ella, Víctima salvada. Él, Salvador le llamaban.

Y fueron pasando los días, y el teatro de la vida los fue haciendo mejores actores. Nuestra víctima fue delegando su poder, sin darse cuenta. Salvador lo fue recogiendo poco a poco, dándose cuenta de que cada vez se sentía más responsable de su amada. Ella cada vez más indefensa, débil, defectuosa, producto de unas circunstancias sobre las que dejó de tener poder. Ya no tomaba decisiones por miedo a que fueran las equivocadas, ya no asumía responsabilidades, ya no era suficiente persona para ser.

Nuestro héroe se acostumbró a tener la batuta del control y sus críticas hacia ella eran cada vez mayores. Su sentido de la superioridad lo acostumbró a tener siempre la razón, a sentirse responsable de su querida, a creer que todo dependía de él. Se convirtió en Verdugo. Todo un artista del reproche. ¿Su frase? “desagradecida, si no hubiera sido por mí…”

Pero llegó un día en que ella se dio cuenta de que seguía sin ser feliz y se marchó en busca de unos brazos más alegres. Posiblemente otro Salvador menos desgastado y con más capacidad de hacerla sentir más viva que el que dejaba.

Fue entonces, como por capricho del destino, nuestro Salvador se convirtió en víctima de una historia sin piedad y ella en el nuevo Verdugo inconsciente de la trama. Él reprochó hasta el infinito todo lo que había hecho por ella. Sus intentos de procurarle una vida mejor, su desgaste en forma de consejos, su mal precio recibido por todo lo que llegó a entregarle, lo convirtieron en víctima de alguien que, en realidad, jamás le pidió nada.

Quizás sea el momento de tomar consciencia de cuál es nuestro papel en toda esta trama y de cambiar esta obra de teatro. Dejar de ser víctimas para llenarnos de poder, de hacernos responsables para ser libres, de ser libres para vivir plenamente. Dejar de ser salvadores de alguien que nunca nos pidió ser salvados y de esperar recibir un precio de algo que nunca estuvo en venta.

Y cuando llegue ese momento, quizás ya no existirán verdugos porque, cuando eso ocurra, ya no habrá necesidad de encontrar el amor del otro a través de la pena ni de buscarlo a través del control del otro disfrazado de protección para hacernos felices.

Quizás Karpman tenía razón… y nos creemos que no somos nadie sin un triángulo en el que escondernos, de la vida, quizás.