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Y yo me pregunto: ¿Qué hay antes del primer guantazo?

Querida Paloma,

Los días aquí pasan despacio. No puedes hacerte una idea.

La misma celda, la misma comida de mierda, la misma rutina de siempre… Te echo de menos.
Echo de menos acariciar tu piel, buscar tu mirada perdida, llenar con mi aliento tu espalda nerviosa, observar tu caminar. Tan delicado.

Te quiero tanto, tanto, que no soporto el hecho de sentirte lejos. Sólo de pensar que podrías estar con otro, alguien que te mire, que te acaricie… Me vuelvo loco. Coquetear siempre se te dio bien. Esa mirada seductora de no haber roto nunca un plato, esa cara maquillada cuando salías de casa. Esa media sonrisa de puta…

¿Tanto te costaba complacerme? Tan difícil era de entender que te quería tanto que no estuviese dispuesto a compartirte con nadie? ¿Tanto te costaba bajar la mirada cuando te hablaba? Sabes que la paciencia nunca fue lo mío, pero podrías reconocer, aunque fuese sólo por una maldita vez , que siempre me lo pusiste difícil.

Qué diferente eres a mi madre, y cuánto te hubieras ahorrado si te hubieras fijado un poquito más en ella. Sólo le bastó una vez, una sola vez, para darse cuenta de que hay veces donde es mejor callar, asentir y hacer lo que te dicen.

Un plato caliente no servido a tiempo fue más que suficiente para que mi madre se diera cuenta de lo mucho que trabajaba mi padre, de lo importante que era valorar a ese marido que lo dio todo por su familia y de quererle un poco más. Los detalles siempre son importantes. Aquel día mi padre se lo hizo saber levantándose con furia del sofá. Apretando los dientes, la oprimió contra la pared sujetándola fuerte del pelo mientras le hablaba al oído con tono suave: – “procura que sea la última vez que la cena no está lista”.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Tú solías salir a pasear con tu hermana. Te recuerdo con tu vestido en tonos pastel, aquellos zapatos de hebilla y la rebeca de canalé de siempre, apoyada sobre tus hombros. Estabas tan bonita… Te observaba caminar con tu andar sereno y sabía que me mirabas por el rabillo del ojo mientras yo servía cafés en el bar de la calle Góngora. Qué de recuerdos. Me pediste una manzanilla, tu hermana no quiso nada y yo te quise a ti, desde el primer momento.

Qué poco tardaron en llegar las decepciones, apenas nos casamos. Nunca me agradeciste lo suficiente los dos hijos que te di, ni la de semanadas que te entregaba puntual todos los viernes. Ser tan respondona te salió caro. Parecía que te gustaba. Cuanto más te pegaba, más se revelaba esa cara que mezclaba odio con temor… Nunca entendiste mi rabia, mi desespero por quererte tanto, mi empeño porque lo nuestro saliese bien. Qué ingrata.

Pero estoy dispuesto a nuestra nueva oportunidad. A esa que nos haría ser tan felices… Pasear juntos mientras mi mano se apoya en tu cuello, contarte historias que te hagan reír mientras tu sonrisa tímida me sigue enamorando más, y más, y más.

Te pido perdón si alguna vez me dejé llevar por mi impulso y te pido que entiendas que siempre lo hice porque te quiero, porque no soporto nuestra distancia, porque tu lejanía me enferma. Espero verte pronto. Ya mismo me dan la condicional.

Siempre tuyo, siempre mía,
Fran

2 comments on “Querida siempre mía: carta de un maltratador”

  1. Es un escrito maravilloso. Personalmente nunca he entendido como hijos que han mamado la violencia en casa, han sido testigos de las lágrimas de sus madres y han desayunado/comido y cenado con miedo… por mucho que la situación que hay en casa “sea la normal”.. no palpen el dolor de una madre, que por norma general lo aguanta todo y sacrifican su vida por miedo a que les pase algo a ellos.

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