Hay personas en nuestras vidas, que entran para luego salir dando un portazo, dejando detrás una polvareda de recuerdos que mejor no agitar nuevamente, hay personas que no llaman ni a la puerta y que, después de verla entreabierta durante mucho tiempo, no se atreven ni a girar el paño, ni llamar al timbre, ni tan sólo asomarse por la ventana para ver quién habita dentro. Hay personas que entran haciendo mucho ruido. Mucho y, después de destrozarte la casa, te arrepientes de haberlas dejado pasar. A veces tienes el valor de echarlas, y a veces no, y entonces se quedan dentro mucho más tiempo del que deben. Y luego hay personas de esas que tímidamente van entrando, y te gusta porque sientes que creces con ellas. Son personas buenas, de esas capaces de mezclar una ternura ilimitada con la fuerza de un Miura. Son personas que se cayeron durante mucho tiempo y tienen el valor de volverse a levantar, porque descubrieron que la vida va de eso: de levantarse. Siempre.

Jessíca es una de esas personas. De las que quieres que entren y que no se vayan nunca, de las que abrazan y deseas abrazar y de las que ofrecen vida, y lecciones, y gafas para ver que, todas las personas anteriores, existen. Su casa ha sido ocupada por ellas, y lo sabe bien. Víctima de malos tratos, de abandonos, de agresiones y de idas de gente querida con venidas de gente indeseable.

Mi deseo contigo, Jéssica es que no te vayas nunca, y que se vayan todos los no aprendieron a saber que dentro de ti, vive una reina, y que vibres como nunca y te levantes como siempre para seguir recordándonos, que las víctimas de algo pueden convertirse en héroes de todos, si lo desean. Gracias por haber entrado en mi vida. Ojalá te quedes siempre porque así lo decidas tú. Yo decidí que quiero que así sea. Hace tiempo.

Parte I

Parte II

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