Mueve el culo, donde estás no crece nada.

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Zona de confort: lugar del que nos da miedo salir

Vamos a imaginar que tenemos un cerebro muy inteligente, de esos que cuidan de nosotros, de esos que velan por nuestra seguridad y supervivencia por encima de todo. Ahora vamos a imaginar que eso es así. Lo es.

A nuestro cerebro le encanta sentirse seguro, estar tranquilo pensando que en el lugar donde estamos no nos va a pasar nada, porque lo conoce, porque ahí ha descubierto que no existe el peligro, porque todo lo que ocurre dentro de ese sitio es predecible. Todo bajo control. Todo en zona de zonfort.

¿Y qué hace nuestro cerebro para asegurarse que no vamos a salir de ahí? El muy listo tiene dos planes infalibles, muy bien pensados y con un objetivo muy, muy claro: hacer que volvamos al mismo lugar de siempre. Una de esas estrategias tiene que ver con meternos miedo para que no demos ni un solo paso hacia adelante. Lo vamos a llamar PLAN A. Y la otra tiene que ver con salir por patas, haciéndonos ver que podemos con todo, aunque no nos hayamos preparado antes. PLAN B es un buen nombre.

Los vemos.

PLAN A. Imaginemos que queremos un cambio en nuestra vida. Sentimos que todo es igual, que nos aburrimos, que necesitamos algo nuevo, que hay cosas que ya no tienen sentido. Es entonces cuando aparece una voz interna, una llamada de algo o alguien que no tenemos identificado y que nos dice “atrévete, ni lo dudes, tú puedes” y se empieza manifestar, si no la escuchamos, en forma de infelicidad, de dejadez, de siempre-todo-es-lo-mismo, de apatía.

Entonces, le hacemos caso, estamos preparados para el salto, para acudir en busca de esa vida nueva, lo veo. lo ves. Peeeeero, llegado el momento de la acción, aparece un abanico enorme de excusas, de impedimentos, de miedos que te dicen de todo y que resumes en uno: “Y si…” . ¿Y si sale mal? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no es lo que realmente quiero? ¿Y si lo pierdo todo? ¿Y si?

Y ahí lo tienes, en bandeja, a tu cerebro inteligente protegiéndote de un futuro incierto, inundándote de miedos para que nada pase. Y es verdad, no pasa nada, salvo una cosa: la vida. Tu compañero de viaje se encargó de joderte la maleta. Bienvenido a tu ataúd de cristal. Nada pasa porque… ¿y si pasa?. Mejor en lugar seguro.

PLAN B. Seguimos imaginando que queremos ese cambio, seguimos sintiendo que todo es igual y pensando que queremos que no lo sea. Esta vez va en serio. Es definitivo. El lunes empiezo la dieta, voy a salir a correr todos los días, voy a ser yo, de nuevo. Y entonces aparece esa voz maravillosa, esta vez cargada de motivación, de energía de la buena, de cosquillas en el estómago. Nada puede fallar. Esta vez sí.

Y es entonces cuando te sientes infalible, inagotable, inigualable. Lo más. A partir del lunes no me para nadie. Y sales a correr un día, y dos, y los hidratos desaparecieron de por vida, un día, dos… pero al tercero ya no corres porque te mereces un descanso y el domingo toca tarta, porque durante la semana te portaste bien. Eso sí, nadie podrá negar que lo has intentado. Palmadita en la espalda y a dormir pensando:  “Correr no es lo mío. Estar delgada, tampoco”.

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Y así tu cerebro te la metió doblada. Sin piedad te hizo creer que podías correr maratones sin entrenar, te despegó del suelo a golpe de ilusión irreal para que lo intentaras, pero no lo consiguieras. ¿Para qué? Para que no salgas de su lugar preferido, para que no te pase nada, para protegerte de un final incierto. Tu cerebro se disfrazó de soberbia, haciéndote creer que podías ser artista de lienzos sin pasar por la academia de pintura.

¿Y entonces? Entrena, pero poco a poco, no asustes a ese compañero cobarde, acompáñalo suave, sin prisa y con paciencia. Toda la que haga falta. No abandones la zona donde se siente seguro, simplemente, hazla crecer. Que sea fácil, que asuste sin atemorizar, que genere confianza.

La voluntad se conquista poco a poco y muchos pocos… hacen mucho.

Sal, comprueba que la vida no se te va en ello y recuerda que… donde estás cómoda, no crece nada. Movamos el culo ;-))

 

 

 

 

 

 

Mírame, coño.

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Tengo 45 años, he parido dos veces y… mi marido no me mira.

No creo que sea por la edad, ni por las veces que he dado a luz, ni por mi horóscopo tampoco. Aunque no lo tengo claro. Las capricornio necesitamos más atención de lo normal, y eso se nota. Broma esto último y muy en serio lo anterior: no me mira.

Hay muchas cosas en este mundo que me gustan mucho, y una de ellas es sentirme deseada por mi marido. Que me eche algún piropo de vez en cuando, que me tire los trastos como en su día, aunque luego no haya tema, pero, por lo menos, que me haga sentir que le pongo algo más que la cena. No sé, que me mire con esos ojos de “uaaaarg”, que me hable de colchones rotos de vez en cuando, que me roce, y que me empotre me vuelva a rozar. Me estoy convirtiendo en compañera de piso, y eso no me gusta nada. Poco final feliz puede haber ahí, pienso yo.

Qué sé yo… igual los niños son muy pequeños y la atención que necesitan les deja sin energía, … igual tanta Champions, Liga y Uefas le han dejado definitivamente sin neuronas sexuales. A saber, pero me temo lo peor.

El caso está en que no pienso darme por vencida y me uno a la cruzada-aunque-me-cueste-la-vida. Quiero volver a enamorarle, recuperar aquellas tardes de sofá y de lujuria a borbotones, de bailar pegados, de volver al sofá, de mirarnos como nunca y de acariciarnos como antes. Qué mierda, ¿dónde se ha ido todo eso?. Creo que voy a llorar. Un rato.

Día 1. Es lunes y he empezado por suprimir los bollos. Igual son mis quilos de más los que han apagado nuestra mecha amorosa. Fuera hidratos, nachos con huacamole en general y, en concreto, los de cheddar. Fuera las cervezas de los viernes y los vinos del sábado, también. Quiero recuperar mi figura, dejar de sentir aquellos quilos que el tiempo fue acumulando. Si mira a Beyoncé, tambén me mirará a mí. Hoy se me ha acercado para preguntarme por mi día de trabajo. Mi día de dieta sana no ha tenido efecto. Seguimos.

Día 2. Sigo con lo del lunes y he pensado en añadir unas sesiones de meditación combinadas con mind fullness. Debe de funcionar. Poner atención plena en mí y en mis emociones hará que se relaje y verá que ya no es él lo único importante en mi día. Me tengo a mí como preferencia y no voy a estar pendiente de si me miras o no, pequeño. Esta vez me ha preguntado por mi madre. ¿He de empezar a preocuparme?

Día 3. Acabo de llegar del H&M, sección lencería. No quiero ser mal pensada, pero igual eran mis bragas las responsables del declive. Las de ahora son más pequeñas y tienen lunares rojizos. Lo más chic para mis posaderas y lo más in para su lívido despistada. Me he plantado entre él y la televisión con mi nuevo look. Ha estirado el cuello para seguir viendo a los Celtics. Hoy no cuenta. Básquet es básquet.

Día 4. Empiezo a sentirme mal. Un poco triste y angustiada. Se me ha pasado por la cabeza acudir a clases de ésas donde se aprende a bailar hawaiano. Siempre me pareció un baile muy sensual y que podría funcionar, pero no estoy de humor. Mi cruzada empieza a hacer aguas y mi tristeza va en aumento. Quiero que me mire, que me sonría, que me diga, que me haga… algo, coño, algo. Voy a hablar con él. Esto no puede seguir así.

Día 5. Ayer hablé con él. Compartí mis sensaciones y mis deseos para nada. Su respuesta fue la misma que la de otras veces: “deja de decir tonterías”, “cómo no te voy a querer”, “yo soy así, ya lo sabes, y deja de comerte la cabeza. Las mujeres sois muy complicadas”. Y ahí fue donde me acabé de hundir… “Él es así”. Manda huevos.

Y ahí mi mundo se vino abajo y yo con él. Me volví a sentir ésa mujer poco deseada, con muy poca energía, débil y deseosa de que pasara algo capaz de cubrir el vacío que mi estómago me recordaba en forma de angustia y ansiedad.

Me fui a dormir, conmigo, con mi quid de bragas nuevas, mis intentos de tenerlo cerca y mi tristeza por los suelos. Qué mierda.

Miriam C.M.

 

Importante. Cualquier coincidencia parecido con la realidad, es pura causalidad.

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Toda una Revolution

Hace un año aproximadamente recibí una llamada de mi querida Isabel Yuste. Me decía que una productora estaba buscando a una coach para poder grabar un programa que tenía que ver con operaciones dermoestéticas, con pacientes que buscaban un cambio real y profundo y con sesiones de coaching capaces de hacer crecer en esas personas su autoestima, seguridad y confianza.

¿Voy? ¿No voy? ¿Y si sí…? ¿Y si no…? Total que fui.

Empezamos a grabar el primer programa a primeros de noviembre y hoy estamos acabando de maquetar los últimos de esta primera edición.

Trabajar con mujeres que gritan “libertad” como la única manera que conocen de encontrarse con ellas, de trans-sexuales que sienten haber nacido en un cuerpo equivocado y desean a toda costa cambiarlo por el que no tiene, de actrices porno que desean dejar su profesión sin querer dejarla… de personas que, en definitiva, buscan ser más felices, ha sido un regalo. Un regalo que me ha permitido ver que, en el fondo, todos compartimos la misma esencia: la de ser felices, la de sentirnos libres y la de saber quiénes somos en realidad.

En cada una de ellas, se respiraba a leguas su miedo al cambio, Algunas lo encajaban desde la excusa del “ya lo he intentado”, otras se aferraban a él para permanecer en esa zona de confort donde no crece nada, y otras lo disfrazaban de autoengaño, convencidas de que un bisturí iba a cambiar sus vidas.

No sé si es el bisturí cambió sus vidas. Lo que sí sé es que a nadie, pacientes, equipo y una servidora, salió de cada grabación con indiferencia y eso… eso no tiene precio.

Gracias equipo, gracias Detena producciones, gracias Revolution por este gran programa.