Juan y su Revolution

El pasado miércoles se emitió en televisión el primer programa de Revolution, proyecto en el que he estado colaborando como Coach y Experta en Inteligencia Emocional.

Durante todos estos meses he estado acompañando a todas las personas que han formado parte del programa en su camino. Un camino a transitar desde donde estaban en ese momento, hasta donde querían estar. Todo un reto, y Juan no fue una excepción.

Dueño de un restaurante en un pueblo castellano, amante del vino, de las mujeres, y del jamón, y de Torrente, y del Real Madrid, y de jugar al ratón y al gato.

Juan ha sido la primera persona en mi carrera profesional con la que decidí dejar de trabajar en ese proceso de cambio. Respaldado por el “yo soy así” dejó poca posibilidad de adentrarnos en su persona más sensible, que la hay. Sus esfuerzos en protegerla a cal y canto, me dejó bien claro, que uno llega hasta donde quiere y que el que acompaña, sólo tiene lugar (y sentido) si el otro se lo concede.

Nuestro protagonista me recordó que la voluntad de un Coach debe de llegar hasta donde alcanza la de la persona con la que está trabajando y que es importante recordar que la persona responsable del cambio y del éxito del mismo, reside en quién quiere (o no) cambiar, no en su acompañante.

Gracias Juan por enseñarme que hay batallas que se ganan sin necesidad de ir a la guerra. Eres un grande, y lo sabes.

Parte I

 

Parte II

Te deseo todo esto

Y a mí, también

Te deseo que seas mucho tú, y poco los otros, que recuerdes quién eres y te olvides de lo que nunca fuiste, si no te vale. Que mandes a la culpa de viaje y con ella, a tus juicios, a tus lamentos, a tu papel de víctima y, si es necesario, a tu suegra también.

Deseo que juegues. Juega mucho. A imaginar, a creer que puedes ser y que puedes poder. Invita a tu niña, esa que tienes dentro y que te hace sentir bien cuando piensas, crees y confías en ella. Y sigue jugando. A atreverte a sentir aquello a lo que nunca te diste permiso, a ser esa mujer que camina libre, que fluye como si nadase, que nada como si todo. Juega.

También te deseo que camines hacia aquello que te hace vibrar y vibres. Y que cuando camines, te alejes de perseguir los sueños de los demás porque nunca te sentaste para saber cuáles eran los tuyos. Camina firme, a veces siéntate, a veces siéntete, a veces levanta ese culo y sigue caminando hacia donde te habías prometido. No te falles, porque tu palabra sólo vale cuando te acompaña. Escúchala para que los demás oigan cómo les dices “no” cuando no te apetece un “sí”. Y, cuando lo digas, tu miedo a que no te quieran, a decepcionar a los demás porque les dijiste algo a lo que nunca estuvieron acostumbrados, se convierta en la mejor versión de ti, Ésa. la auténtica y libre. La que fluye.

Recuerda. Deseo que recuerdes los éxitos de tu pasado, que los sonrías y que los celebres cada vez que se te olviden. Recuerda que siempre saliste airosa de los golpes de la vida y que golpeaste a la puerta del problema para resolverlo como siempre. Siempre. Cierra los ojos y recuerda a las personas que están a tu lado, y a las que no están, y recuerda lo que te enamoran de ellas para enamorarte más. Recuerda no olvidarte de ti nunca más. Eres tu mejor compañera de viaje, aunque a veces no te gustes. Recuerda que te encantas, aunque a veces no lo veas.

Y baila… baila mucho. Baila a la vida, porque sólo tiene una música que está sólo cuando respiras. Y baila mientras respiras y sientes que no necesitas nada más que eso en estos momentos. Y vuélvete loca saltando de gusto, y date el gusto de gritar cuando quieras. Baila y atrévete a perder el control de lo que nunca pudiste controlar, y agita esa melena hasta que parezcas que estás loca. No pasa nada si lo estás. Loca por ser, por confiar, por volver a amar, por recordar eso que eres, por enamorarte de ti otra vez.

Te deseo un 2017 con swing… con mucho swing.

 

 

 

Eres la mujer ideal, pero…

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Eres la mujer ideal, pero ahora no me va bien

Hay personas que tienen un imán especial para los hombres que, aparentemente, no tienen las cosas claras. Mi amiga Eva es un claro ejemplo.

Eva decidió enamorarse del amor un día como otro cualquiera, y decidió también suspirar a los cuatro vientos cada vez que un ser del sexo opuesto se acercaba a ella. No importa para qué, porque, estar enamorada del amor significa que cualquier situación, la que sea, da igual, no importa, puede conducir a una historia de amor de esas de película. De esas en las que el chico es exactamente como ella había imaginado, donde se besan y aparecen violinistas por doquier, donde él le coge de la mano y le dice… “eres lo mejor que me ha pasado nunca” (y la vuelve a besar). Así es Eva.

Y así pasó hace unos meses, Apareció ese chico-guapo-simpático-inteligente y bombero. Muy bombero. Le pidió el teléfono, la llamó y quedaron para verse y compartir momentos.

Eva dedicó unas horas de su vida, o más, en decidir qué ponerse, en cómo peinarse… y, mientras lo hacía, imaginaba situaciones, ninguna de desamor, donde los dos bailaban, reían y se miraban como si no hubiese un mañana. Él se presentó en bermudas.

Cenaron y se sonrieron mientras hablaban él le contaba, como si tampoco hubiese un mañana, cómo se sentía tras su última relación, de la que acababa de salir hacía otro par de meses. Pobre.

Se despidieron con dos besos de mejilla y con la frase, de nuestro bombero, por su puesto, de “me ha encantado estar contigo, lo he pasado muy bien y me pareces una mujer fascinante. Te escribo mañana” (porque ahora ya no se llama, se escribe).

Estuvieron enganchados al teléfono durante horas y se escribieron del amor, del desamor, del tiempo que él dijo necesitar antes de empezar ninguna otra relación… Entonces hablaron del miedo a enamorarse, de que el amor no se puede racionalizar porque cuando se siente, se siente, de que eso no es así porque, aunque se sienta, a veces se decide esperar (¿a qué?). Bla-bla-bla.

Las charlas cibernéticas se empezaron a intercalar con encuentros esporádicos donde seguían hablando de más de lo mismo. Él hablaba de su miedo a enamorarse, ella deseaba que se enamorase para ir avisando al grupo de violinistas, él le hablaba de la suerte que iba a tener el hombre que estuviese con ella, ella suplicaba en voz baja que ese hombre fuese él. Se volvieron a despedir con dos besos de mejilla.

Había una parte de Eva muy consciente de la situación. Esa parte racional donde está prohibido enamorarse de alguien que ha manifestado abiertamente que no quiere ninguna relación (pero llama a todas horas) y una parte soñadora que dice “bueno… igual se acaba enamorando. Me ha dicho que le gusto mucho y que cuando estamos juntos se siente feliz”.

Eva me llamó hace unos días para decirme que se sentía triste. Él dejó de llamarla hace otros tantos. Me hablaba de su decepción, de su no entender nada y, sobretodo, del dolor que le suponía, y transcribo literalmente “no haber sido la elegida”. Tal cual. No haber sido la elegida.

Me puse a pensar en lo absurdo de todo esto. Y entonces sentí la tristeza de alguien que se olvidó importarse. Olvidó recordar que ella deseaba compartir su vida con alguien que también se enamorase del amor, que quería bailar al son de violines con alguien que estuviera dispuesto a compartir camino y que él eligió caminar sólo, no sabemos durante cuanto tiempo, pero sin ella.

También olvidó quererse mucho y cerrar puertas a personas que no quieren mantenerlas abiertas, olvidó apostar por su propósito de amor para adaptarse al deseo de compañía del otro, mientras ese otro apostaba por momentos de compañía sin implicar su tiempo en dejarse sentir. Y olvidó creer que su deseo de compartir amor debería ser más grande que la esperanza de un cambio de opinión de alguien que dijo no al amor, aunque escribiera lo contrario.

Revolution y nuestra revolución

Una Revolution para todos

Una vez decidí amar el coaching porque vi en él la mejor herramienta capaz de cambiar la vida de las personas. Y decidí dedicarme a ello, acompañando a todas aquellas personas que querían un cambio en sus vidas a través de una transformación en su manera de ver y de verse, de tratar y de tratarse… de ser. Una vez aprendí que, en realidad, la vida que estaba cambiando era la mía y que, cada vez que trabajaba junto a alguien en su proceso de cambio, estaba trabajando también en el mío.

Y entonces apareció Revolution. Dicen que nunca nada pasa por algo y que, cuando pasa, es por algo. Así fue. Hace justo un año, decidí embarcarme en un proyecto televisivo muy apasionante: una sala de operaciones estéticas, diez personas ansiosas por ver cambiar sus vidas y cuatro asesores dispuestos a entregarnos en cuerpo y alma al cambio real de todas aquellos protagonistas.

El programa entendía que el cambio real de una persona que quiere someterse a una operación estética, lo es del todo cuando, junto a esos médicos cirujanos, existen otras palancas de cambio capaces de asentar nuevos hábitos en la persona.

Esas palancas tenían que ver con un asesoramiento de imagen de la persona para aprender a sacar el máximo partido de su cuerpo. Isabel Yuste abanderó esta misión y les enseñó a vestir mejor y a crear su propia marca personal con un estilo coherente y fiel a cada uno.

Tenían que ver también con un trabajo del cuerpo a través del entrenamiento físico.Para ello, Carmen Pacheco, ha sido la encargada de poner en marcha aquellos cuerpos a través de rutinas y de ejercicios físicos. Sin movimiento, no hay cambio y nuestros protagonistas lo han vivido pero que muy bien en primera persona. No he visto a nadie sin agujetas.

Pedro Sánchez ha sido la tercera palaca de cambio: una buena alimentación. Nuestro nutricionista ha sido el encargado de reeducar a las personas que han pasado por el programa a comer mejor y a asentar rutinas eficaces para cuidar mejor su cuerpo a través de lo que comen.

Por mi parte, el granito de arena aportado al programa tiene que ver con aprender a trabajar desde la inteligencia emocional. A través de sesiones de coaching, hemos puesto en marcha procesos que han culminado en una mayor autoestima de la persona, una mayor seguridad en ellos mismos y una mejor gestión de las emociones.

El programa se emite a partir de enero en televisión y con ello se cierra una etapa cargada de emociones, de experiencias inolvidables y de aprendizaje, mucho aprendizaje junto a personas que me han enseñado a ser mejor profesional y mejor persona. Todo pasa por algo.

Este post tiene que ver con dar las gracias por mi Revolution personal a todas esas personas que, de una manera u otra, han aportado en mi vida su granito de arena. Sin saberlo, han sido mis palancas de cambio. Todo pasa por algo,

¿Cómo no voy a amar el coaching?

Tres patas para un banco.

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Querido banco de tres patas: ojalá fueras silla.

El otro día leía un artículo que hablaba sobre los pilares fundamentales en los que debería asentarse toda relación para que funcione y, ya que estamos puestos, vamos a describir funcionar como ese verbo que tiene que ver con fluir, con compartir, con crecer. O eso creo.

Esos tres pilares hablaban de visionarse juntos, de tener pasión y de disfrutar de la intimidad de pareja.

El autor hablaba de visionarse juntos como esa capacidad que tenemos de irnos a un futuro, de imaginarlo y de hacerlo, claro está, con nuestro compañero elegido. Vamos, que sino eres capaz de imaginarte paseando por la orilla de la playa con tu gran amado, recorriendo juntos las calles de París y posando abrazados en la foto que preside la chimenea de vuestro salón, ojo. Al banco le queda una pata menos.

Luego nombró a la pasión como esa gran aliada. Pasión al hablar, al escuchar, al hacer y al deshacer. La pasión es la que habla sin decir palabra y la que es capaz de ponerle a todo la mirada de “qué bueno que estés aquí”. Ay, la pasión… esa que nos sube desde lo más profundo y se manifiesta en forma de suspiro, de ganas, de energía que brota sin esfuerzo. Ay, pasión… ¿estás? Por que si no te siento, y cada día es un día más, es que te fuiste. Si los ojos ya no brillan cuando hablan y la sonrisa pareció estar de viaje por las calles de lo predecible, también. Te evaporaste, hiciste las maletas y dejaste al banco con una pata menos.

Pero nos queda una pata. Esa que entiende de compartir, de saborear momentos, de charlas entre copas de vino, de amarse entre sábanas alborotadas, de guiños entre espacios de silencio y de palabras que acercan las opciones distintas de ver una misma realidad. Si por un casual sientes que no tienes tiempo ni para ti, que tus hijos ocupan todo el espacio de tu ser y que el vino sería la mejor opción para dejar de pensar en lo mucho que te echas de menos… Atención. Según este hombre, vuestro banco no tiene patas. Adiós.

La pregunta es… ¿por qué un banco de tres patas y no una silla de cuatro?

Llamemos aceptar a lo que faltaba para ser silla. Aceptar que seas lo que quieras ser y que expreses lo que quieras expresar y, lo mejor, como sepas, Aceptar es dejar de quererte cambiar para que visiones lo que elijas, para que pongas pasión a lo que quieras y si quieres, para que compartas conmigo tu mejor versión, si así lo deseas. Por mi parte te prometo hacer lo que esté en mis manos… y tiene que ver con visionarte cuando mi cuerpo me lo pida, hablarte con pasión únicamente cuando realmente la sienta y compartirme contigo sólo cuando lo desee. Porque si me quito la opción de ser verdadera, porque pienso más en lo que me gustaría que fuera y no en lo que es, te la voy a exigir a ti y ahí, ahí no hay ni silla, ni banco.

Pd. Y si ves que con tres o cuatro patas no eres feliz… manda el banco y la silla, a la mierda.

Cariño… Tenemos que hablar

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Querido padre de mis dos hijos: que te den.

Llevo casi una semana intentando encajar todo lo que en estos últimos días he podido vivir, que no digerir.

Se ha ido de casa, se ha pirado, esfumado, volatilizado. Decidió ser libre y lo peor de todo, es que me quedé sin las respuestas que me hubiera gustado escuchar. Así. Cogió su maleta y se marchó.

No entiendo nada. Esa es mi frase de las últimas tres semanas. Y cuando digo nada, es nada.

Nos conocimos hace seis años en una verbena de San Juan, al ritmo de mojito, de hoguera, de Rafaella Carrá y de su puta madre. Nos enamoramos en las próximas dos canciones y empezamos a salir en los próximos dos días. Me encantaba de él su forma de bailar, su sonrisa de medio lado, sus cejas asimétricas y la manera de mirarme. Me miraba de esa manera capaz de hacerme encoger del gusto. Sentía que era lo más importante en su vida. Ese brillo, esa alegría a través de los ojos que decían “qué bueno que estés aquí”.

Al poco tiempo nos fuimos a vivir juntos. Total.. estábamos hechos el uno para el otro. Y luego llegaron nuestros hijos. Bruno hace cuatro años el próximo abril y Jimena hizo dos el pasado septiembre. Total, seguíamos siendo el uno para el otro. Cabrón.

Y así pasaron los días, los meses y nuestra vida pasaba feliz hasta hace algo más de un año. Es cierto que los hijos necesitan mucha atención y que todo el tiempo que antes nos podíamos dedicar pasó a un segundo plano, pero eso no puede llegar a justificar que llegara incluso a desaparecer nuestro beso de buenas noches, nuestras miradas brillosas cuando nos cruzábamos por el pasillo, nuestras charlas-copa-de vino-en-mano cuando los niños dormían.

Ese rádar que todas las mujeres llevamos incorporado hizo sonar las alarmas y empezó a invadirme con pensamientos del tipo “esto huele mal”, “igual hay otra”, “¿qué demonios está pasando aquí?”. Cariño… Tenemos que hablar y esta es su respuesta. Literal.

“Deja de decir tonterías y de ver problemas donde no los hay. No me pasa nada. Parece como si las mujeres tuvierais que estar constantemente buscando complicaciones. Deja de preocuparte y relájate. ¿Sigues yendo a yoga? “.

Igual soy yo, pensé, y empecé a ocuparme de otras cosas con más intensidad. “No vaya a ser que al final se acabe agobiando”. Objetivo: no ser (ni parecer) pesada.

Mis angustias empezaron a aparecer y con ellas, también el beso de buenos días. Quizás el estrés de su trabajo, quizás yo y mis preocupaciones absurdas, quizás le dejó de gustar el vino. Lloraba a escondidas, para no agobiarle, y miraba para otro lado acercándome a él como si no pasara nada.

Pero pasaba. Le propuse compartir actividades que pudieran unirnos de nuevo, acudir a charlas de pareja, establecer un día de cine a la semana… Cantar bajo la lluvia. Su respuesta volvía a repetir las palabras de meses atrás y con ellas, mi nudo en la garganta era cada vez mayor.

Aquella noche decidí esperarle despierta y dejé de preguntar para afirmar que así no era feliz, que teníamos que solucionar lo que para mí era un problema. Lo solucionó él con una simple frase: “me voy de casa”. Añadió otra de propina: “creo que no estoy enamorado”.

Empezó a recoger sus cosas y se fue… Sin solución alternativa, sin frase de esperanza, sin haber intentado nada. Se fue.

Han pasado unas semanas y todavía le insulto sin que me oiga. No me dejó luchar por algo en lo que creía, no me dio opción a contribuir en una solución con final feliz, no me explicó cómo una persona deja de estar enamorada, o, quizás mejor, qué significaba para él estar enamorado.

Quizás sea el momento de aceptar, de dejar ir, de entender que no todos tenemos la misma capacidad de lucha o que, si la tenemos, no es para todos la opción a elegir. Quizás sea el momento de entender que hay personas que confunden amor con mariposas en el estómago y se les olvidó que todo en la vida se transforma para crecer, y que el amor no es excepción. Nuestro amor se transformó en distancia… Y la distancia, para mí y en estos momentos, en mariposas que dejamos morir de amor.

De triángulos y esas cosas

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Querido triángulo de Karpman: ¿a qué juegas?

Érase una vez una mujer que se creía tan débil, que cada vez lo era más. Su voz se fue convirtiendo en el lamento de todos los males, el centro de la energía cansina, de la queja, del pobre de mí. La víctima de un mundo injusto que procuró en ensañarse con ella como si no hubiese un mañana. La pobre.

Un día esa mujer atrajo por arte de magia a un señor muy salvador, de esos que siempre buscan (y encuentran) una causa perdida por la que luchar, un hombre protector, de esos que, con su espada al viento, entonan la frase: “nena, mientras estés conmigo, no te va a pasar nada”.

Se enamoraron. Ella se sentía protegida y él, protector de aquella causa noble de hacerla feliz. Ella creyó ver en él el fin de todos sus males. Él encontró la utilidad eterna de salvar a toda costa a su bella amada de las infelicidades de la vida. Ella, Víctima salvada. Él, Salvador le llamaban.

Y fueron pasando los días, y el teatro de la vida los fue haciendo mejores actores. Nuestra víctima fue delegando su poder, sin darse cuenta. Salvador lo fue recogiendo poco a poco, dándose cuenta de que cada vez se sentía más responsable de su amada. Ella cada vez más indefensa, débil, defectuosa, producto de unas circunstancias sobre las que dejó de tener poder. Ya no tomaba decisiones por miedo a que fueran las equivocadas, ya no asumía responsabilidades, ya no era suficiente persona para ser.

Nuestro héroe se acostumbró a tener la batuta del control y sus críticas hacia ella eran cada vez mayores. Su sentido de la superioridad lo acostumbró a tener siempre la razón, a sentirse responsable de su querida, a creer que todo dependía de él. Se convirtió en Verdugo. Todo un artista del reproche. ¿Su frase? “desagradecida, si no hubiera sido por mí…”

Pero llegó un día en que ella se dio cuenta de que seguía sin ser feliz y se marchó en busca de unos brazos más alegres. Posiblemente otro Salvador menos desgastado y con más capacidad de hacerla sentir más viva que el que dejaba.

Fue entonces, como por capricho del destino, nuestro Salvador se convirtió en víctima de una historia sin piedad y ella en el nuevo Verdugo inconsciente de la trama. Él reprochó hasta el infinito todo lo que había hecho por ella. Sus intentos de procurarle una vida mejor, su desgaste en forma de consejos, su mal precio recibido por todo lo que llegó a entregarle, lo convirtieron en víctima de alguien que, en realidad, jamás le pidió nada.

Quizás sea el momento de tomar consciencia de cuál es nuestro papel en toda esta trama y de cambiar esta obra de teatro. Dejar de ser víctimas para llenarnos de poder, de hacernos responsables para ser libres, de ser libres para vivir plenamente. Dejar de ser salvadores de alguien que nunca nos pidió ser salvados y de esperar recibir un precio de algo que nunca estuvo en venta.

Y cuando llegue ese momento, quizás ya no existirán verdugos porque, cuando eso ocurra, ya no habrá necesidad de encontrar el amor del otro a través de la pena ni de buscarlo a través del control del otro disfrazado de protección para hacernos felices.

Quizás Karpman tenía razón… y nos creemos que no somos nadie sin un triángulo en el que escondernos, de la vida, quizás.

¡Despierta!

Despierta. El timón de tu barco es sólo tuyo.

Él siempre le daba consejos, ella nunca se los pidió. Él se sentía útil ofreciendo soluciones, ella nunca manifestó tener problemas que ser solucionados por otra persona que no fuese ella misma. Él, gran salvador de sus miserias. Ella, cada vez más pequeña.

Ella se acostumbró a no saber hacer nada sin el último veredicto de su socorrista particular. Él cada vez más dueño del poder de tener la última palabra antes de tomar una decisión. Ella dejo de tomar decisiones. Él las tomó todas.

Laura vino a verme un viernes de abril.

Me llamo Laura y mi pareja es aficionada a darme todos los consejos del mundo. Apenas me da tiempo a abrir la boca sobre cualquier inquietud, historia que me ronde en la cabeza, o lo que sea, que ya me ha preparado una lista de planes de acción, paso a paso y desarrollados al detalle con todo lo que bebería hacer.

“Lo que tienes que decirle a tu jefe es que confíe más en ti”, “lo que tienes que hacer es no hacerle caso y disfrutar más del momento”, “lo que tienes que hacer es no ir más a ese peluquero” y un largo “lo que tienes que”.

Al principio de nuestra relación me sentía protegida, muy querida por alguien que se desvivía por ayudarme. Encontraba siempre al salvador dispuesto a todo por mí, el que dejaba todo por echarme un cable, por solucionarme la vida, por quererme. Tanto…

Con el tiempo fui entrando en una rutina inconsciente de aceptar todo lo que me decía sin cuestionamiento alguno. Total, ¿cómo alguien que me quiere tanto va a decirte algo que no me convenga? Y, con el tiempo, fui sintiéndome cada vez más insegura. Poco a poco. Tenía miedo de tomar decisiones, de equivocarme, de decepcionarle, de no estar a la altura de su sabiduría y fue entonces cuando no hacía nada sin pedirle un consejo.

Con los meses dejé de ser yo para ser nadie. Una marioneta que bailaba al son de los hilos de alguien que tomó el derecho adquirido de ocupar mi voluntad. Dejé de opinar cuando estábamos con amigos, dejé de llevar aquella voz cantante que me gustaba entonar cuando había reunión de gente… me dejé ser muda, y nula, y mustia, y nada.

Y ahora, después de toda esta reflexión y realidad triste para mí, me pregunto qué es lo que falló y en qué momento se fue la Laura que era.

Quizás olvidé que el timón de mi vida era cuestión de tenerlo en mis manos, y que fui yo la que decidió delegar ese poder en las manos de otro. Quizás, y de manera inconsciente, la cuestión de todo esto consistía en evitar la responsabilidad que supone tomar decisiones, dejando que las tomase otro.

Olvidé que decidir se llama asumir riesgos y que, ganemos o perdamos, quién decide se hace responsable de su vida, que quien se hace responsable, se hace más seguro de la misma y que seguridad y autoestima van juntas de la mano a todas partes. Quizás sea cuestión de recordarlo siempre: “en mi vida… mando yo”.

 

 

 

Me pido perdón

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    Recuerda quién eres: no anda muy lejos.

Conocí a Julia hace unos años. Sentada en aquella silla, que parecía quedarle grande por todos lados, se lamentaba como nadie por su desgracia actual. “Se lo di todo, absolutamente todo. Y ahora se ha ido”.

Julia conoció al que ahora es su ex-pareja hace 15 años. Tuvieron dos hijos y una suegra puta, según ella. No puedo afirmar si la suegra ha sido responsable de algo en esta historia. Lo que sí sé es que Julia nunca puso un limite a nada ni a nadie. Aparentemente todo le parecía bien, todo valía y toda respuesta de cualquiera recaía en el mismo saco de “lo importante es no discutir”.

Su miedo al conflicto, y a no gustar, y a no ser amada, y a decepcionar a todo y a todos la convirtieron en comodín complaciente de deseos, incapaz de cuestionarse qué es lo que deseaba ella.

Cumplió todas las expectativas de su marido: escaló durante todos los domingos de su relación, viajó a Marruecos las veces que ni contó, aceptó que le acabasen gustando los garbanzos y cada jueves cenó en casa de su suegra, garbanzos, por supuesto. Aceptó trío como solución a su monotonía de cama, aunque nunca se invitó a un rato de colchón a un mulato o rubio escandinavo. Él se negaba y para ella… lo importante era no discutir”.

Se te olvidó quién eres y ahora… Toca pedirte perdón.

Perdón por olvidarte de ti, de lo que eres y de lo que un día fuiste. Por esperar que el amor de otros colmara el tuyo, por callar y por reprimir tus deseos pensando que no eran importantes para nadie. Lo eran para ti.

Perdón por no escucharte y por no salir en defensa de esa niña interior que clama lo que debería ser justo, y también por irte a la cama pensando que con el nuevo día todo sería distinto por arte de magia silenciosa. Perdón por no recordar lo fuerte que eres, por lo capaz de todo y lo inútil de nada.

Recuerda tu vida, y escribe los momentos con las batallas que ganaste, piensa en todo lo que fuiste antes de dejar de ser, haz gárgaras que afinen tu voz y manda hacer otras cuantas a aquellos que no estén dispuestos a tener tu “no” por respuesta,  Ensaya para gritar con voz en calma lo importante que eres para ti y recuérdalo todos los días de tus días. Lo eres, y no es negociable.

Y ahora respira hondo y sal ahí fuera a darle una patada a la olla de garbanzos. Te mereces todo lo que deseas y pídete perdón si algún día dejas de creer en ello.

Querida siempre mía: carta de un maltratador

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Y yo me pregunto: ¿Qué hay antes del primer guantazo?

Querida Paloma,

Los días aquí pasan despacio. No puedes hacerte una idea.

La misma celda, la misma comida de mierda, la misma rutina de siempre… Te echo de menos.
Echo de menos acariciar tu piel, buscar tu mirada perdida, llenar con mi aliento tu espalda nerviosa, observar tu caminar. Tan delicado.

Te quiero tanto, tanto, que no soporto el hecho de sentirte lejos. Sólo de pensar que podrías estar con otro, alguien que te mire, que te acaricie… Me vuelvo loco. Coquetear siempre se te dio bien. Esa mirada seductora de no haber roto nunca un plato, esa cara maquillada cuando salías de casa. Esa media sonrisa de puta…

¿Tanto te costaba complacerme? Tan difícil era de entender que te quería tanto que no estuviese dispuesto a compartirte con nadie? ¿Tanto te costaba bajar la mirada cuando te hablaba? Sabes que la paciencia nunca fue lo mío, pero podrías reconocer, aunque fuese sólo por una maldita vez , que siempre me lo pusiste difícil.

Qué diferente eres a mi madre, y cuánto te hubieras ahorrado si te hubieras fijado un poquito más en ella. Sólo le bastó una vez, una sola vez, para darse cuenta de que hay veces donde es mejor callar, asentir y hacer lo que te dicen.

Un plato caliente no servido a tiempo fue más que suficiente para que mi madre se diera cuenta de lo mucho que trabajaba mi padre, de lo importante que era valorar a ese marido que lo dio todo por su familia y de quererle un poco más. Los detalles siempre son importantes. Aquel día mi padre se lo hizo saber levantándose con furia del sofá. Apretando los dientes, la oprimió contra la pared sujetándola fuerte del pelo mientras le hablaba al oído con tono suave: – “procura que sea la última vez que la cena no está lista”.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Tú solías salir a pasear con tu hermana. Te recuerdo con tu vestido en tonos pastel, aquellos zapatos de hebilla y la rebeca de canalé de siempre, apoyada sobre tus hombros. Estabas tan bonita… Te observaba caminar con tu andar sereno y sabía que me mirabas por el rabillo del ojo mientras yo servía cafés en el bar de la calle Góngora. Qué de recuerdos. Me pediste una manzanilla, tu hermana no quiso nada y yo te quise a ti, desde el primer momento.

Qué poco tardaron en llegar las decepciones, apenas nos casamos. Nunca me agradeciste lo suficiente los dos hijos que te di, ni la de semanadas que te entregaba puntual todos los viernes. Ser tan respondona te salió caro. Parecía que te gustaba. Cuanto más te pegaba, más se revelaba esa cara que mezclaba odio con temor… Nunca entendiste mi rabia, mi desespero por quererte tanto, mi empeño porque lo nuestro saliese bien. Qué ingrata.

Pero estoy dispuesto a nuestra nueva oportunidad. A esa que nos haría ser tan felices… Pasear juntos mientras mi mano se apoya en tu cuello, contarte historias que te hagan reír mientras tu sonrisa tímida me sigue enamorando más, y más, y más.

Te pido perdón si alguna vez me dejé llevar por mi impulso y te pido que entiendas que siempre lo hice porque te quiero, porque no soporto nuestra distancia, porque tu lejanía me enferma. Espero verte pronto. Ya mismo me dan la condicional.

Siempre tuyo, siempre mía,
Fran