… Y de Hollywood.  Y de los mundo de Yupi, también.

Su madre era la mismísima representación de todo lo activo en la tierra, su padre se ocupó de dejar en buen lugar el concepto de comodidad. Su madre se ocupaba de todas las historias ajenas. De las suyas menos. Su padre, abanderó el sofá de casa para demostrar que la jornada fuera de él era tan dura como merecedora del no-hacer-nada tras ella. Su madre convirtió el diálogo en un reclamo al reconocimiento. Su padre no hablaba. Su madre buscaba sonrisas con las que escapar de la alcanzada tristeza diaria,  mientras su padre llevaba la tristeza de serie en su cara triste de serie.

Entonces ella odió esa vida de pareja y se juró no repetir jamás ese patrón. Sabía que existía otro y su convencimiento era tan claro como futuramente real: existe. No hay duda. Lo había visto en sus sueños, y en sus películas de sábado por la noche. También en los cuentos que leía de niña y en las historias de sus amigas, donde todas estaban felices y los problemas no existían jamás en su relación de pareja porque se querían mucho, mucho.

Y así emprendió su búsqueda, y captura, para conocer a su hombre perfecto. Ése que te entiende siempre, el que se pasea por tu vida con una sonrisa en la boca, aunque no existan motivos, ese que es positivo y todo lo convierte en un razón para dar las gracias. Y las sonríe. Ése que no engorda nunca, ni se queda calvo porque ama cuidarse y te ama tanto, que no soportaría dejarte de admirar ni por un momento. Vive pensando en ti, sólo en ti” y, por si fuera poco, su mirada siempre refleja lo feliz que está de tenerte a su lado y te lo recuerda con palabras de “te quiero” y con flores los días-porque-sí, y con entradas al cine de películas de amor a destajo. Ay ese hombre…

Lo encontró. Casualmente lo encontró. Tal cual. Sin trampa ni cartón. Allí estaba, delante suyo, susurrándole a la vida lo agradecido que estaba de tenerle cerca.

El primer día que su príncipe se levantó sin ganas de sonreír, saltaron las alarmas. ¿Cómo? ¿Qué ocurre? ¿Se acabó el amor? ¿Le habré hecho algo? ¿Es conmigo? Y entonces se puso en acción, porque no podía consentir que ese amor ideal de su cabeza no coincidiese con el amor que tenía delante. Y entonces empezó a abrazarle mucho más para verle sonreír y para demostrarle que su historia imaginaria podía ser real. Empezó a decirle muchos “te quiero”, y a mirarle con ojos de “vivo pensado en ti y sólo en ti”, y a reflejar con su mirada lo feliz que estaba de tenerle a su lado, y a regalarle entradas de cine con amor a destajo…

Y llegó un día en el que él sonreía menos y ella puso más acción todavía. Dispuesta a todos los momentos de batalla que hiciesen falta para que su idea amorosa del hombre ideal saliese victoriosa. Y así, sin darse cuenta, olvidó su manera de ser para convertirse en la manera de ser de la protagonista de su historia ideal. Dejó de preguntarse los abrazos que quería dar de verdad, para ofrecer los de la historia del cuento, dejó de cuestionarse la de veces que quería ir al cine, porque la chica de la historia quería ir todos los días de su vida… dejó de ser para querer que fuera.

Y llegó otro día en el que ella era la actriz de un cuento de Walt Disney y él un personaje real que no entendía la frustración eterna de su pareja. Ella luchando por lo que debería ser. Él entristeciendo por no tener el permiso de ser libre para sonreír cuando quisiese, para ir al cine cuando así lo desease ni para decir “te quiero” cuando fuese de verdad.

Harto de los reproches por lo que debería de ser y cansado de no ser querido por lo que era, se sentó en sofá, Y dejó de hablar para huir de la poca aceptación. Y entristeció hasta dejar de decir “te quiero”. Y su mirada ya no era el reflejo de lo feliz que estaba de tenerla cerca, y empezó a odiar las flores, y el cine, y las miradas de poesía y los violines de su puta madre…

¿Y ella? Ay ella… Posiblemente salió en busca de su príncipe verdadero, del hombre ideal que en algún lugar del planeta debía de existir. Posiblemente se recordó la historia prometida de no volver a repetir aquello que un día se negó a vivir. No lo sé… Quizás aceptó que la realidad es la que es y que aceptación no es resignación porque aprendió a dejar de luchar por querer cambiar vidas y optó por aceptar que las personas somos, y que somos más todavía cuando dejamos ser. Quizás aprendió a ser ella, aunque no fuese la perfecta que anidaba en sus sueños de amor. Quién sabe…

2 comments on “Los besos de Walt Disney”

  1. Hay un término del boxeo que me viene a la cabeza para describir,como he quedado al leer este Post.

    Knock out
    Nocaut: Derribar al oponente e incapacitarlo para reincorporarse a la pelea, una vez terminada la cuenta de diez segundos por parte del réferi……. eso significa más o menos.

    Así he quedado,he luchado tanto por ese cuento de Disney que me quede solo en la butaca del cine y ahora?…

    Espero que este tiempo de descanso,en el que el noqueado se levanta me sirva, para bajarme del ring y dejar que la gente sea como le de la puta gana sin que me afecte.

    Buen domingo
    Coach

    • O que, si te afecta, tengas siempre la conciencia para elegir si te interesa o no tener cerca a esa persona. Todo depende de nuestra escala de valores y qué de ella no estamos dispuestos a negociar. Es muy difícil que las cosas de las personas que queremos no nos afecten y, además, creo que lo que en el fondo nos desestabiliza es dejar de lado a nuestro yo real. Te deseo una buena sesión de cine y que, cuando salgas, la historia real supere la ficción 😉

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