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Eres la mujer ideal, pero ahora no me va bien

Hay personas que tienen un imán especial para los hombres que, aparentemente, no tienen las cosas claras. Mi amiga Eva es un claro ejemplo.

Eva decidió enamorarse del amor un día como otro cualquiera, y decidió también suspirar a los cuatro vientos cada vez que un ser del sexo opuesto se acercaba a ella. No importa para qué, porque, estar enamorada del amor significa que cualquier situación, la que sea, da igual, no importa, puede conducir a una historia de amor de esas de película. De esas en las que el chico es exactamente como ella había imaginado, donde se besan y aparecen violinistas por doquier, donde él le coge de la mano y le dice… “eres lo mejor que me ha pasado nunca” (y la vuelve a besar). Así es Eva.

Y así pasó hace unos meses, Apareció ese chico-guapo-simpático-inteligente y bombero. Muy bombero. Le pidió el teléfono, la llamó y quedaron para verse y compartir momentos.

Eva dedicó unas horas de su vida, o más, en decidir qué ponerse, en cómo peinarse… y, mientras lo hacía, imaginaba situaciones, ninguna de desamor, donde los dos bailaban, reían y se miraban como si no hubiese un mañana. Él se presentó en bermudas.

Cenaron y se sonrieron mientras hablaban él le contaba, como si tampoco hubiese un mañana, cómo se sentía tras su última relación, de la que acababa de salir hacía otro par de meses. Pobre.

Se despidieron con dos besos de mejilla y con la frase, de nuestro bombero, por su puesto, de “me ha encantado estar contigo, lo he pasado muy bien y me pareces una mujer fascinante. Te escribo mañana” (porque ahora ya no se llama, se escribe).

Estuvieron enganchados al teléfono durante horas y se escribieron del amor, del desamor, del tiempo que él dijo necesitar antes de empezar ninguna otra relación… Entonces hablaron del miedo a enamorarse, de que el amor no se puede racionalizar porque cuando se siente, se siente, de que eso no es así porque, aunque se sienta, a veces se decide esperar (¿a qué?). Bla-bla-bla.

Las charlas cibernéticas se empezaron a intercalar con encuentros esporádicos donde seguían hablando de más de lo mismo. Él hablaba de su miedo a enamorarse, ella deseaba que se enamorase para ir avisando al grupo de violinistas, él le hablaba de la suerte que iba a tener el hombre que estuviese con ella, ella suplicaba en voz baja que ese hombre fuese él. Se volvieron a despedir con dos besos de mejilla.

Había una parte de Eva muy consciente de la situación. Esa parte racional donde está prohibido enamorarse de alguien que ha manifestado abiertamente que no quiere ninguna relación (pero llama a todas horas) y una parte soñadora que dice “bueno… igual se acaba enamorando. Me ha dicho que le gusto mucho y que cuando estamos juntos se siente feliz”.

Eva me llamó hace unos días para decirme que se sentía triste. Él dejó de llamarla hace otros tantos. Me hablaba de su decepción, de su no entender nada y, sobretodo, del dolor que le suponía, y transcribo literalmente “no haber sido la elegida”. Tal cual. No haber sido la elegida.

Me puse a pensar en lo absurdo de todo esto. Y entonces sentí la tristeza de alguien que se olvidó importarse. Olvidó recordar que ella deseaba compartir su vida con alguien que también se enamorase del amor, que quería bailar al son de violines con alguien que estuviera dispuesto a compartir camino y que él eligió caminar sólo, no sabemos durante cuanto tiempo, pero sin ella.

También olvidó quererse mucho y cerrar puertas a personas que no quieren mantenerlas abiertas, olvidó apostar por su propósito de amor para adaptarse al deseo de compañía del otro, mientras ese otro apostaba por momentos de compañía sin implicar su tiempo en dejarse sentir. Y olvidó creer que su deseo de compartir amor debería ser más grande que la esperanza de un cambio de opinión de alguien que dijo no al amor, aunque escribiera lo contrario.

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