Y de picas, y de la baraja entera.

Dicen que todos jugamos a algo y, añado, muchas veces, sin darnos cuenta de ello. Jugamos a ser alguien que no existe, a disfrazar nuestra esencia por miedo a no ser queridos, a camuflar nuestros miedos más profundos y a compartir únicamente las cartas que no implican adentrarnos demasiado en el juego. No vaya a ser que acaben comprando lo que creen que somos, y luego acaben dándose cuenta de que esas cartas no eran las auténticas.

Antonio jugó… a la sonrisa eterna, a la magia del humor infinito, a dar siempre de todo y a no querer recibir nunca, aparentemente, nada. Jugó a olvidarse de quien era para no encontrar al niño que fue, y jugó al despiste emocional de su pasado más profundo vestido para bailar con el adulto soñador repleto de miedos a ser.

Pero sólo hay que mirarle a los ojos. Esos que brillan y que saben que, detrás de esa sonrisa, hay otra mejor todavía, la de verdad.

Gracias Antonio por dejar que durmiésemos juntos, con hipnosis de por medio.

Parte I

Parte II

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