Despierta. El timón de tu barco es sólo tuyo.

Él siempre le daba consejos, ella nunca se los pidió. Él se sentía útil ofreciendo soluciones, ella nunca manifestó tener problemas que ser solucionados por otra persona que no fuese ella misma. Él, gran salvador de sus miserias. Ella, cada vez más pequeña.

Ella se acostumbró a no saber hacer nada sin el último veredicto de su socorrista particular. Él cada vez más dueño del poder de tener la última palabra antes de tomar una decisión. Ella dejo de tomar decisiones. Él las tomó todas.

Laura vino a verme un viernes de abril.

Me llamo Laura y mi pareja es aficionada a darme todos los consejos del mundo. Apenas me da tiempo a abrir la boca sobre cualquier inquietud, historia que me ronde en la cabeza, o lo que sea, que ya me ha preparado una lista de planes de acción, paso a paso y desarrollados al detalle con todo lo que bebería hacer.

“Lo que tienes que decirle a tu jefe es que confíe más en ti”, “lo que tienes que hacer es no hacerle caso y disfrutar más del momento”, “lo que tienes que hacer es no ir más a ese peluquero” y un largo “lo que tienes que”.

Al principio de nuestra relación me sentía protegida, muy querida por alguien que se desvivía por ayudarme. Encontraba siempre al salvador dispuesto a todo por mí, el que dejaba todo por echarme un cable, por solucionarme la vida, por quererme. Tanto…

Con el tiempo fui entrando en una rutina inconsciente de aceptar todo lo que me decía sin cuestionamiento alguno. Total, ¿cómo alguien que me quiere tanto va a decirte algo que no me convenga? Y, con el tiempo, fui sintiéndome cada vez más insegura. Poco a poco. Tenía miedo de tomar decisiones, de equivocarme, de decepcionarle, de no estar a la altura de su sabiduría y fue entonces cuando no hacía nada sin pedirle un consejo.

Con los meses dejé de ser yo para ser nadie. Una marioneta que bailaba al son de los hilos de alguien que tomó el derecho adquirido de ocupar mi voluntad. Dejé de opinar cuando estábamos con amigos, dejé de llevar aquella voz cantante que me gustaba entonar cuando había reunión de gente… me dejé ser muda, y nula, y mustia, y nada.

Y ahora, después de toda esta reflexión y realidad triste para mí, me pregunto qué es lo que falló y en qué momento se fue la Laura que era.

Quizás olvidé que el timón de mi vida era cuestión de tenerlo en mis manos, y que fui yo la que decidió delegar ese poder en las manos de otro. Quizás, y de manera inconsciente, la cuestión de todo esto consistía en evitar la responsabilidad que supone tomar decisiones, dejando que las tomase otro.

Olvidé que decidir se llama asumir riesgos y que, ganemos o perdamos, quién decide se hace responsable de su vida, que quien se hace responsable, se hace más seguro de la misma y que seguridad y autoestima van juntas de la mano a todas partes. Quizás sea cuestión de recordarlo siempre: “en mi vida… mando yo”.

 

 

 

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