… Y la cagué.

Escuchaba el otro día a alguien sabio, y entiéndase por sabio a la persona que crece con la vida, a esa persona que, cuando hablas con ella, tienes más ganas de seguir escuchándola porque te aporta, porque sientes que creces con ella y porque lo que te cuenta, no viene de los libros; viene de lo que ha aprendido de la vida.

A lo que iba, esa persona hablaba de niños y de jugar, y de adultos, y de madurez. Decía que los niños juegan, mientras que los adultos dejamos de hacerlo porque relacionamos siempre lo que hacemos a la obtención de un resultado. Y ahí es donde la cagamos porque, en el momento en el que aparece siempre la necesidad de obtener un resultado, y precisamente esperamos que sea positivo (sino es así es que estamos peor de lo que pensaba), es cuando aparece al mismo tiempo la angustia por conseguirlo, el estrés porque queremos que sea lo que creemos que tiene que ser y la tensión acompañada, dicho sea de paso, de una seriedad extrema porque nos “jugamos mucho”,

El caso es que me pongo a pensar en qué situaciones parecidas a esta he podido vivir, para constatar si realmente las palabras de aquel sabio son ciertas para mí, o no. Y entonces recuerdo el día que decidí elegir una carrera. Ingresé en la Facultad de Derecho hace unos años para salir de ella bastantes algunos años más tarde. Lo que ocurrió en ese tiempo es que no podía defraudar a nadie, y tenía que ser abogada en cinco años, y además ser de las buenas, y también agradecer a través de buenas notas el esfuerzo y el apoyo de los demás, y entonces ya no iba a mis clases con la ilusión de ser, si no del tener que ser: una brillante abogada, “Ni se te ocurra pasártelo bien, que te despistas y esto es muy serio. Hay tanto en juego…”.

O el día que decidí tener pareja, y aquella decisión también tenía que valer la pena, porque también había mucho en juego: la posibilidad de romper el corazón del otro, la posibilidad de salir con el tuyo destrozado, la posibilidad de que los sueños compartidos y depositados en esa relación se fueran al traste…Tenía que salir bien y, entonces, la ilusión se tiñó de “madurez”, porque aquí, y esta vez va muy en serio, la apuesta es grande: nuestra felicidad como pareja.

O el día que decidí montar una empresa, o iniciar unos nuevos estudios, o trabajar en un nuevo lugar, o ser madre. Observo todos esos acontecimientos, todas esas decisiones y constato que es verdad, que aquel sabio tenía razón. Joder. La empresa tenía que ser exitosa porque estaba apostando duro, y los estudios debían ser un acierto porque también, y en mi nuevo trabajo tenía que ser lo más, porque para eso había decidido dejar el sueño de tener mi empresa propia y trabajar para otro, ¿y lo de ser madre? ay lo de ser madre. Ser la mejor madre del mundo, capaz de educar a un niño en la felicidad, de verlo crecer en el arte de la vida… ¿y si sale mal? Touché.

Pero entonces, ¿Cómo lo habría hecho un niño? Bueno, seguramente jugando, Jugando a ir a la facultad y estudiar desde la diversión y despreocupación del “no pasa nada”, Jugando por jugar o amando por amar, desnudos del “esto tiene que salir bien” porque no pasa nada. Tampoco pasa nada si la empresa sale mal, o bien, al fin y al cabo, nadie te prometió final feliz, o si tu hijo decide un día de mayor no ser lo que tú creías que sería, o no es tan feliz como tú consideras que debería serlo, bajo la mirada de tus gafas, claro. No pasa nada.

¿Y cómo se hace? Eso de volver a jugar, de recuperar la sensación de baile, de fluir con las cosas que hacemos, de quitar angustia a las decisiones que tomamos… de vivir plenos, porque, lo que está claro es que hoy, no soy la mejor abogaba porque ni si quiera soy abogada, ni posiblemente la mejor pareja del mundo, porque alguien preocupado por un final feliz constantemente dudo que pueda serlo, ni la mejor emprendedora, porque la presión del final también feliz se llevó la magia del camino, ni tampoco la mejor madre. En fin…

Quizás un buen primer paso sea dejar de esperar y de dar en cada uno de los pasos siguientes nuestra mejor versión, porque sí, porque es lo mejor que tenemos en ese justo momento, porque no lo hacemos para obtener nada a cambio, porque el resultado no tiene que ver con la meta, sino con la confianza que deposites en ti.

Quizás tenga que ver con dejar de cumplir para los demás y de dejar que las expectativas de los otros, se las colmen ellos mismos, de dejar pasar minuta por cada acción intentada, de decir basta a la rendición de cuentas, de desapegarse de un resultado que… nadie te dijo que sería el deseado.

Y quizás la vida vaya de eso, de jugar como niños sabiendo, que no todo juego acaba bien, o mal, ni tiene por qué acabar y, que, si lo hace, es porque fue fruto de nuestra decisión. Y hoy, decido no ser abogaba, pero sí defender mucho que volvamos a bailar, y a apostar por lo que creemos mientras dejamos de rezar por el final que queremos que sea, y a ser nuestra mejor versión de pareja… y a ser no siempre la mujer exitosa de la vida, pero sí que mi vida sea el mejor de mis éxitos. y a no ser la mejor madre del mundo, pero sí la mejor madre que mi hijo pueda tener. Y eso… eso sólo se consigue, confiando en que las cosas son y que nuestro papel reside en jugar mientras van siendo.

6 comments on “Cuando me olvidé de jugar”

  1. …este pist me a llegado en el momento justo…como todo lo q ahora hago. O quizas es q estoy aprendiendo a no ser perfecta y dejar q ocurra…todo!!
    Gracias.Divino.

  2. Me encantaria rodearme de gente sabia cada dia, mientrastanto disfruto de lo que voy aprendiendo de todos los q pasan por mi consulta, con los que comparto un desayuno o una cena.Al final te das cuenta que sabios, lo somos todos un poco, porque cada uno ha vivido y aprendido algo que compartir.Y leer tu post Cris, no es menos.Gracias por compartirlo, eres especial y escribes de maravilla xiqueta.Un abrazo!!

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