Categoría: Coaching

Érase una vez la inteligencia emocional

Y Howard Gardner tuvo la culpa

Inteligencia Emocional, dos palabras que parecen estar muy de moda (aleluya) en nuestro mundo de empresa y de escuela, en las relaciones con nosotros mismos, con nuestra vecina y con los demás. Llegados a este punto de auge total, en la teoría de muchos y en la práctica de no tantos, me parece interesante hablar de lo que es la inteligencia emocional y ver, a partir de ahí, y si nos apetece, si queremos que forme parte de nuestras vidas. O no.

Para definirla de una manera muy, muy fácil, vamos a imaginar que nuestro cerebro está formado por diferentes compartimentos, donde cada uno de ellos está ocupado por un tipo de inteligencia. El señor Howard Gardner habla de ocho inteligencias distintas, como la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la inteligencia musical… Si te parece, dedicamos otro post para explicar en qué consiste cada una de ellas, y ahora nos ocupamos de dos en concreto, porque son las que nos van a servir para construir el marco de lo que estamos hablando: la inteligencia intrapersonal y la inteligencia interpersonal.

Resumiendo. Eso que llamamos inteligencia emocional es la suma de nuestra inteligencia intrapersonal y nuestra inteligencia interpersonal.

Y éstas… ¿en qué consisten?

La inteligencia intrapersonal tiene que ver con todas esas habilidades que mejoran nuestra relación con nosotros mismos. Esas habilidades hablan de la conciencia que tenemos sobre nosotros mismos, de conocer y reconocer nuestras emociones y estados de ánimo y saber qué información nos ofrecen, de cómo nos valoramos y reconocemos nuestras fortalezas y limitaciones (cuidado con el ego y sus trampas) y de cómo confiamos en nosotros y en nuestra capacidad de obtener todos aquellos objetivos que nos fijemos.

Tiene que ver con conocernos a nosotros mismos, con aceptarnos y saber cuáles son nuestras posibilidades, con definir nuestros propios objetivos y valores y con orientarnos a través de nuestro comportamiento hacia la meta deseada.

En definitiva, las habilidades intrapersonales hablan de nuestra relación con nosotros, de cómo nos escuchamos, nos sentimos, nos aceptamos, nos queremos y nos motivamos para proponernos retos y alcanzarlos.

Una vez salimos de nosotros, aparecen las relaciones con los demás. Aquí hablamos de habilidades interpersonales. Estas habilidades nos hablan de comunicación, de empatía y de escucha. Y son maravillosas cuando las utilizamos correctamente: saber comunicar desde la autenticidad, desde la asertividad y su capacidad de poner límites de una determinada manera, desde lo coherente entre lo que mis pensamientos, mi cuerpo y mis palabras dicen, desde el silencio cuando es elegido, porque también comunica…

O ser empático, y tener esa capacidad de adentrarnos en la emoción del otro, para entenderla y respetarla, para entrar y ayudar a salir desde lo cercano del respeto y lejano del consejo no pedido… Y la escucha… ay la escucha. Esa que acompaña desde el silencio, donde no te asiento para responderte, sino para escucharte porque en ese momento mi tiempo es sólo tuyo. Donde estoy dispuesto a abrir maneras de ver a través de lo que me dices. Escucha desde todos los sentidos, esos que van más allá de la palabra porque, aunque no nos demos cuenta… la mirada, los gestos y todo su ser es digno de ser escuchado.

Ojalá llegue un día donde nos atrevamos a descubrir desde el no miedo quiénes somos y profundizar en nuestro ser más escondido para recordarle que es infinito de capaz y de maravilloso. Ojalá llegue un día en el que, cuando lo hayamos visto, seamos capaces de apreciar lo mismo en la persona que tenemos delante y donde lo mental se detenga para tomar conciencia de nuestro lado emocional, dejándole un espacio tan importante como el que se merece.

 

 

 

De triángulos y esas cosas

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Querido triángulo de Karpman: ¿a qué juegas?

Érase una vez una mujer que se creía tan débil, que cada vez lo era más. Su voz se fue convirtiendo en el lamento de todos los males, el centro de la energía cansina, de la queja, del pobre de mí. La víctima de un mundo injusto que procuró en ensañarse con ella como si no hubiese un mañana. La pobre.

Un día esa mujer atrajo por arte de magia a un señor muy salvador, de esos que siempre buscan (y encuentran) una causa perdida por la que luchar, un hombre protector, de esos que, con su espada al viento, entonan la frase: “nena, mientras estés conmigo, no te va a pasar nada”.

Se enamoraron. Ella se sentía protegida y él, protector de aquella causa noble de hacerla feliz. Ella creyó ver en él el fin de todos sus males. Él encontró la utilidad eterna de salvar a toda costa a su bella amada de las infelicidades de la vida. Ella, Víctima salvada. Él, Salvador le llamaban.

Y fueron pasando los días, y el teatro de la vida los fue haciendo mejores actores. Nuestra víctima fue delegando su poder, sin darse cuenta. Salvador lo fue recogiendo poco a poco, dándose cuenta de que cada vez se sentía más responsable de su amada. Ella cada vez más indefensa, débil, defectuosa, producto de unas circunstancias sobre las que dejó de tener poder. Ya no tomaba decisiones por miedo a que fueran las equivocadas, ya no asumía responsabilidades, ya no era suficiente persona para ser.

Nuestro héroe se acostumbró a tener la batuta del control y sus críticas hacia ella eran cada vez mayores. Su sentido de la superioridad lo acostumbró a tener siempre la razón, a sentirse responsable de su querida, a creer que todo dependía de él. Se convirtió en Verdugo. Todo un artista del reproche. ¿Su frase? “desagradecida, si no hubiera sido por mí…”

Pero llegó un día en que ella se dio cuenta de que seguía sin ser feliz y se marchó en busca de unos brazos más alegres. Posiblemente otro Salvador menos desgastado y con más capacidad de hacerla sentir más viva que el que dejaba.

Fue entonces, como por capricho del destino, nuestro Salvador se convirtió en víctima de una historia sin piedad y ella en el nuevo Verdugo inconsciente de la trama. Él reprochó hasta el infinito todo lo que había hecho por ella. Sus intentos de procurarle una vida mejor, su desgaste en forma de consejos, su mal precio recibido por todo lo que llegó a entregarle, lo convirtieron en víctima de alguien que, en realidad, jamás le pidió nada.

Quizás sea el momento de tomar consciencia de cuál es nuestro papel en toda esta trama y de cambiar esta obra de teatro. Dejar de ser víctimas para llenarnos de poder, de hacernos responsables para ser libres, de ser libres para vivir plenamente. Dejar de ser salvadores de alguien que nunca nos pidió ser salvados y de esperar recibir un precio de algo que nunca estuvo en venta.

Y cuando llegue ese momento, quizás ya no existirán verdugos porque, cuando eso ocurra, ya no habrá necesidad de encontrar el amor del otro a través de la pena ni de buscarlo a través del control del otro disfrazado de protección para hacernos felices.

Quizás Karpman tenía razón… y nos creemos que no somos nadie sin un triángulo en el que escondernos, de la vida, quizás.

Mueve el culo, donde estás no crece nada.

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Zona de confort: lugar del que nos da miedo salir

Vamos a imaginar que tenemos un cerebro muy inteligente, de esos que cuidan de nosotros, de esos que velan por nuestra seguridad y supervivencia por encima de todo. Ahora vamos a imaginar que eso es así. Lo es.

A nuestro cerebro le encanta sentirse seguro, estar tranquilo pensando que en el lugar donde estamos no nos va a pasar nada, porque lo conoce, porque ahí ha descubierto que no existe el peligro, porque todo lo que ocurre dentro de ese sitio es predecible. Todo bajo control. Todo en zona de zonfort.

¿Y qué hace nuestro cerebro para asegurarse que no vamos a salir de ahí? El muy listo tiene dos planes infalibles, muy bien pensados y con un objetivo muy, muy claro: hacer que volvamos al mismo lugar de siempre. Una de esas estrategias tiene que ver con meternos miedo para que no demos ni un solo paso hacia adelante. Lo vamos a llamar PLAN A. Y la otra tiene que ver con salir por patas, haciéndonos ver que podemos con todo, aunque no nos hayamos preparado antes. PLAN B es un buen nombre.

Los vemos.

PLAN A. Imaginemos que queremos un cambio en nuestra vida. Sentimos que todo es igual, que nos aburrimos, que necesitamos algo nuevo, que hay cosas que ya no tienen sentido. Es entonces cuando aparece una voz interna, una llamada de algo o alguien que no tenemos identificado y que nos dice “atrévete, ni lo dudes, tú puedes” y se empieza manifestar, si no la escuchamos, en forma de infelicidad, de dejadez, de siempre-todo-es-lo-mismo, de apatía.

Entonces, le hacemos caso, estamos preparados para el salto, para acudir en busca de esa vida nueva, lo veo. lo ves. Peeeeero, llegado el momento de la acción, aparece un abanico enorme de excusas, de impedimentos, de miedos que te dicen de todo y que resumes en uno: “Y si…” . ¿Y si sale mal? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no es lo que realmente quiero? ¿Y si lo pierdo todo? ¿Y si?

Y ahí lo tienes, en bandeja, a tu cerebro inteligente protegiéndote de un futuro incierto, inundándote de miedos para que nada pase. Y es verdad, no pasa nada, salvo una cosa: la vida. Tu compañero de viaje se encargó de joderte la maleta. Bienvenido a tu ataúd de cristal. Nada pasa porque… ¿y si pasa?. Mejor en lugar seguro.

PLAN B. Seguimos imaginando que queremos ese cambio, seguimos sintiendo que todo es igual y pensando que queremos que no lo sea. Esta vez va en serio. Es definitivo. El lunes empiezo la dieta, voy a salir a correr todos los días, voy a ser yo, de nuevo. Y entonces aparece esa voz maravillosa, esta vez cargada de motivación, de energía de la buena, de cosquillas en el estómago. Nada puede fallar. Esta vez sí.

Y es entonces cuando te sientes infalible, inagotable, inigualable. Lo más. A partir del lunes no me para nadie. Y sales a correr un día, y dos, y los hidratos desaparecieron de por vida, un día, dos… pero al tercero ya no corres porque te mereces un descanso y el domingo toca tarta, porque durante la semana te portaste bien. Eso sí, nadie podrá negar que lo has intentado. Palmadita en la espalda y a dormir pensando:  “Correr no es lo mío. Estar delgada, tampoco”.

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Y así tu cerebro te la metió doblada. Sin piedad te hizo creer que podías correr maratones sin entrenar, te despegó del suelo a golpe de ilusión irreal para que lo intentaras, pero no lo consiguieras. ¿Para qué? Para que no salgas de su lugar preferido, para que no te pase nada, para protegerte de un final incierto. Tu cerebro se disfrazó de soberbia, haciéndote creer que podías ser artista de lienzos sin pasar por la academia de pintura.

¿Y entonces? Entrena, pero poco a poco, no asustes a ese compañero cobarde, acompáñalo suave, sin prisa y con paciencia. Toda la que haga falta. No abandones la zona donde se siente seguro, simplemente, hazla crecer. Que sea fácil, que asuste sin atemorizar, que genere confianza.

La voluntad se conquista poco a poco y muchos pocos… hacen mucho.

Sal, comprueba que la vida no se te va en ello y recuerda que… donde estás cómoda, no crece nada. Movamos el culo ;-))