El rey de corazones

Y de picas, y de la baraja entera.

Dicen que todos jugamos a algo y, añado, muchas veces, sin darnos cuenta de ello. Jugamos a ser alguien que no existe, a disfrazar nuestra esencia por miedo a no ser queridos, a camuflar nuestros miedos más profundos y a compartir únicamente las cartas que no implican adentrarnos demasiado en el juego. No vaya a ser que acaben comprando lo que creen que somos, y luego acaben dándose cuenta de que esas cartas no eran las auténticas.

Antonio jugó… a la sonrisa eterna, a la magia del humor infinito, a dar siempre de todo y a no querer recibir nunca, aparentemente, nada. Jugó a olvidarse de quien era para no encontrar al niño que fue, y jugó al despiste emocional de su pasado más profundo vestido para bailar con el adulto soñador repleto de miedos a ser.

Pero sólo hay que mirarle a los ojos. Esos que brillan y que saben que, detrás de esa sonrisa, hay otra mejor todavía, la de verdad.

Gracias Antonio por dejar que durmiésemos juntos, con hipnosis de por medio.

Parte I

Parte II

Confesiones a Frida

 

Querida Frida:

Hoy es el día internacional de la mujer, donde se supone que celebramos lo que somos: mujeres. No sé si tú lo celebraste alguna vez o qué sentido tenía para ti. Para mí, sentido, lo que se dice sentido, no lo sé, pero me vale para reflexionar sobre mi papel de mujer y sobre qué demonios significa eso.

Entonces miro hacia atrás y me observo queriendo ser amada, y reconocida en lo que hago, y atractiva para los demás, y buena madre, y buena pareja, y la mujer que está para todo y para todos. Me observo queriendo complacer. Siempre. Y me veo en la búsqueda constante de la felicidad de los demás, y en la culpa de no ser suficiente para nadie, y en la lucha de serlo para alguien, y en el desgaste de tener que demostrar quién soy, y en el juego de esconder quién no me gusta ser.

Me observo en el eterno sí, y en el miedo de no ser, y en el ansia de llegar a donde llegan los demás, y en el enfado de no ser nunca lo bastante buena, y lista, y comedida, y educada. En las prisas para demostrar que corro, y en la lentitud aparente para que no se note mi necesidad de salir huyendo de todo. Algunas veces. En la dieta de los lunes, y en esconder los michelines para que no se vean, porque están, vaya si están. En las ganas de hacer que los días sean distintos y en ser distinta sin saber quién coño soy. Ay Frida, qué cansado es todo esto.

Pero miro a otras mujeres y veo que se caen para volverse a levantar. Que sonríen, a pesar de la niebla, que se atreven por si no existe un mañana, que salieron victoriosas de una enfermedad terrible, que superaron la separación más dura de su vida, que salieron del pozo más oscuro en el que se metieron pensando que al otro lado habría más luz. Y la encontraron, vaya si la encontraron. Que se atrevieron a mirar hacia dentro para dar con su mejor versión, y que apostaron por ella y por compartirla de nuevo. Y que dieron un portazo a lo que no querían y se dejaron sentir el miedo de estar equivocadas en sus decisiones, para darse cuenta de que era solo miedo. Y que abrieron puertas y brazos para perdonar y para perdonarse. Que se atrevieron a pasearse sabiendo de sus imperfecciones perfectas. Que se atrevieron a ser.

Querida Frida, quizás nuestro papel de mujer consista en empezar a sentirnos libres, porque libres somos y tenemos mucho más poder que el que imaginamos. Sólo basta con mirar atrás y ver de lo que hemos sido capaces de caminar.

Hemos subido montañas, y bajado abismos, y apostado por otros, y sentido su derrota como si hubiera sido la nuestra, hemos sido sombra de muchos, y medalla de oro de otros, y decepciones para algunos, y delicias también. Hemos escalado sueños, y los hemos abandonado persiguiendo los de los demás. Hemos reído hasta llorar y hemos llorado las lágrimas del esperado poco reconocimiento del resto, sin pasar por el esfuerzo de hacerlo nosotras mismas.

Querida Frida, somos mujeres, a veces locas, a veces equilibradas, a veces no, a veces torpes y a veces muy diestras. A veces frágiles y a veces, devoradoras de dragones, a veces sensibles, y a veces. piedra. Querida Frida, somos mujeres, a veces libres y otras… libres, siempre libres.

Personas de huella

Hay personas en nuestras vidas, que entran para luego salir dando un portazo, dejando detrás una polvareda de recuerdos que mejor no agitar nuevamente, hay personas que no llaman ni a la puerta y que, después de verla entreabierta durante mucho tiempo, no se atreven ni a girar el paño, ni llamar al timbre, ni tan sólo asomarse por la ventana para ver quién habita dentro. Hay personas que entran haciendo mucho ruido. Mucho y, después de destrozarte la casa, te arrepientes de haberlas dejado pasar. A veces tienes el valor de echarlas, y a veces no, y entonces se quedan dentro mucho más tiempo del que deben. Y luego hay personas de esas que tímidamente van entrando, y te gusta porque sientes que creces con ellas. Son personas buenas, de esas capaces de mezclar una ternura ilimitada con la fuerza de un Miura. Son personas que se cayeron durante mucho tiempo y tienen el valor de volverse a levantar, porque descubrieron que la vida va de eso: de levantarse. Siempre.

Jessíca es una de esas personas. De las que quieres que entren y que no se vayan nunca, de las que abrazan y deseas abrazar y de las que ofrecen vida, y lecciones, y gafas para ver que, todas las personas anteriores, existen. Su casa ha sido ocupada por ellas, y lo sabe bien. Víctima de malos tratos, de abandonos, de agresiones y de idas de gente querida con venidas de gente indeseable.

Mi deseo contigo, Jéssica es que no te vayas nunca, y que se vayan todos los no aprendieron a saber que dentro de ti, vive una reina, y que vibres como nunca y te levantes como siempre para seguir recordándonos, que las víctimas de algo pueden convertirse en héroes de todos, si lo desean. Gracias por haber entrado en mi vida. Ojalá te quedes siempre porque así lo decidas tú. Yo decidí que quiero que así sea. Hace tiempo.

Parte I

Parte II

Cuando me olvidé de jugar

… Y la cagué.

Escuchaba el otro día a alguien sabio, y entiéndase por sabio a la persona que crece con la vida, a esa persona que, cuando hablas con ella, tienes más ganas de seguir escuchándola porque te aporta, porque sientes que creces con ella y porque lo que te cuenta, no viene de los libros; viene de lo que ha aprendido de la vida.

A lo que iba, esa persona hablaba de niños y de jugar, y de adultos, y de madurez. Decía que los niños juegan, mientras que los adultos dejamos de hacerlo porque relacionamos siempre lo que hacemos a la obtención de un resultado. Y ahí es donde la cagamos porque, en el momento en el que aparece siempre la necesidad de obtener un resultado, y precisamente esperamos que sea positivo (sino es así es que estamos peor de lo que pensaba), es cuando aparece al mismo tiempo la angustia por conseguirlo, el estrés porque queremos que sea lo que creemos que tiene que ser y la tensión acompañada, dicho sea de paso, de una seriedad extrema porque nos “jugamos mucho”,

El caso es que me pongo a pensar en qué situaciones parecidas a esta he podido vivir, para constatar si realmente las palabras de aquel sabio son ciertas para mí, o no. Y entonces recuerdo el día que decidí elegir una carrera. Ingresé en la Facultad de Derecho hace unos años para salir de ella bastantes algunos años más tarde. Lo que ocurrió en ese tiempo es que no podía defraudar a nadie, y tenía que ser abogada en cinco años, y además ser de las buenas, y también agradecer a través de buenas notas el esfuerzo y el apoyo de los demás, y entonces ya no iba a mis clases con la ilusión de ser, si no del tener que ser: una brillante abogada, “Ni se te ocurra pasártelo bien, que te despistas y esto es muy serio. Hay tanto en juego…”.

O el día que decidí tener pareja, y aquella decisión también tenía que valer la pena, porque también había mucho en juego: la posibilidad de romper el corazón del otro, la posibilidad de salir con el tuyo destrozado, la posibilidad de que los sueños compartidos y depositados en esa relación se fueran al traste…Tenía que salir bien y, entonces, la ilusión se tiñó de “madurez”, porque aquí, y esta vez va muy en serio, la apuesta es grande: nuestra felicidad como pareja.

O el día que decidí montar una empresa, o iniciar unos nuevos estudios, o trabajar en un nuevo lugar, o ser madre. Observo todos esos acontecimientos, todas esas decisiones y constato que es verdad, que aquel sabio tenía razón. Joder. La empresa tenía que ser exitosa porque estaba apostando duro, y los estudios debían ser un acierto porque también, y en mi nuevo trabajo tenía que ser lo más, porque para eso había decidido dejar el sueño de tener mi empresa propia y trabajar para otro, ¿y lo de ser madre? ay lo de ser madre. Ser la mejor madre del mundo, capaz de educar a un niño en la felicidad, de verlo crecer en el arte de la vida… ¿y si sale mal? Touché.

Pero entonces, ¿Cómo lo habría hecho un niño? Bueno, seguramente jugando, Jugando a ir a la facultad y estudiar desde la diversión y despreocupación del “no pasa nada”, Jugando por jugar o amando por amar, desnudos del “esto tiene que salir bien” porque no pasa nada. Tampoco pasa nada si la empresa sale mal, o bien, al fin y al cabo, nadie te prometió final feliz, o si tu hijo decide un día de mayor no ser lo que tú creías que sería, o no es tan feliz como tú consideras que debería serlo, bajo la mirada de tus gafas, claro. No pasa nada.

¿Y cómo se hace? Eso de volver a jugar, de recuperar la sensación de baile, de fluir con las cosas que hacemos, de quitar angustia a las decisiones que tomamos… de vivir plenos, porque, lo que está claro es que hoy, no soy la mejor abogaba porque ni si quiera soy abogada, ni posiblemente la mejor pareja del mundo, porque alguien preocupado por un final feliz constantemente dudo que pueda serlo, ni la mejor emprendedora, porque la presión del final también feliz se llevó la magia del camino, ni tampoco la mejor madre. En fin…

Quizás un buen primer paso sea dejar de esperar y de dar en cada uno de los pasos siguientes nuestra mejor versión, porque sí, porque es lo mejor que tenemos en ese justo momento, porque no lo hacemos para obtener nada a cambio, porque el resultado no tiene que ver con la meta, sino con la confianza que deposites en ti.

Quizás tenga que ver con dejar de cumplir para los demás y de dejar que las expectativas de los otros, se las colmen ellos mismos, de dejar pasar minuta por cada acción intentada, de decir basta a la rendición de cuentas, de desapegarse de un resultado que… nadie te dijo que sería el deseado.

Y quizás la vida vaya de eso, de jugar como niños sabiendo, que no todo juego acaba bien, o mal, ni tiene por qué acabar y, que, si lo hace, es porque fue fruto de nuestra decisión. Y hoy, decido no ser abogaba, pero sí defender mucho que volvamos a bailar, y a apostar por lo que creemos mientras dejamos de rezar por el final que queremos que sea, y a ser nuestra mejor versión de pareja… y a ser no siempre la mujer exitosa de la vida, pero sí que mi vida sea el mejor de mis éxitos. y a no ser la mejor madre del mundo, pero sí la mejor madre que mi hijo pueda tener. Y eso… eso sólo se consigue, confiando en que las cosas son y que nuestro papel reside en jugar mientras van siendo.

Cuando nunca es suficiente

Hay personas de vaso medio lleno, de días de sol, de no hay dos sin tres, y también personas del “no me lo merezco”, de lo del agua del vaso tampoco es para tanto, de lamento disfrazado de “yo lo intento todo, pero si llueve… me voy a mi casa”. Hay personas.

Claudia fue la oda a la insatisfacción, al nunca es suficiente y al no me lo merezco. Sí, está bien (que no significa que lo comparta), pero ¿qué es lo que nos hace pensar se esa manera?

No lo sé… quizás cuando uno celebra algo que ha conseguido, se sumerge en el seguir avanzando para conseguir más. Quizás, cuando uno se sonríe por el mérito que encierra su esfuerzo, asume la necesidad de seguir esforzándose para abrir nuevas puertas de éxito y que quizás… ay quizás…

Nunca celebró lo que conseguía, nunca se agradeció lo suficiente los pasos que daba en su vida.. nunca había un “ya llegué” y esa… esa fue la mejor excusa que podemos encontrar para dejar de llegar.

Es en estos casos cuando me recuerdo la importancia de celebrar y de agradecernos los logros que alcanzamos para fijar un acuerdo con nosotros mismos que tenga que ver con “soy capaz”, de bailar un rato para poner plena conciencia en la importancia de sentir que nos merecemos todo lo bueno que la vida nos brinda y tú, Claudia, no eres excepción.

Te deseo que bailes, que vibres y que te recuerdes siempre que te mereces todo lo bueno, aunque a veces, no lo quieras ver. Los motivos de ello, también son válidos.

Parte I

 

Parte II

Desde Cuba con amor…

Querida Yislen:

Gracias por hacerme recordar que hay personas que hacen magia… sí. Son capaces de ir a lo más hondo, para luego aparecer con la corona de “hasta la victoria siempre”. Capaces de volverse a levantar, como si la caída formase parte de un pasado muy lejano y de volver a reír como si la canción del baile de sus vidas no tuviese fin.

Por hacerme recordar que hay personas bonitas, personas de esas que parecen no tener fondo porque son muy transparentes. De esas que, cuando las tienes delante, sientes como si no hiciera falta nada más porque todo lo que hay lo pusieron encima de la mesa. De esas que comparten, que enternecen, que vibran y hacen vibrar, que asumen, que cambian, que lloran y suspiran, que no quieren para querer, y que quieren para vivir tener el mar cerca, y la música, y la vida y el ritmo del tiempo pausado. Hay personas a las que dar las gracias siempre.

Gracias por tu son de Habana rumbera y por tu camino compartido con la generosidad del que se sabe capaz de dar. Gracias por enseñarme que la vida es baile y que sólo el que mueve los pies, llega a algún lugar. Gracias por ser mucho tú y poco lo que los demás esperan de ti. El mundo está cojo de personas así.

Feliz pista de baile, campeona!

Parte I

Parte II

Los besos de Walt Disney

… Y de Hollywood.  Y de los mundo de Yupi, también.

Su madre era la mismísima representación de todo lo activo en la tierra, su padre se ocupó de dejar en buen lugar el concepto de comodidad. Su madre se ocupaba de todas las historias ajenas. De las suyas menos. Su padre, abanderó el sofá de casa para demostrar que la jornada fuera de él era tan dura como merecedora del no-hacer-nada tras ella. Su madre convirtió el diálogo en un reclamo al reconocimiento. Su padre no hablaba. Su madre buscaba sonrisas con las que escapar de la alcanzada tristeza diaria,  mientras su padre llevaba la tristeza de serie en su cara triste de serie.

Entonces ella odió esa vida de pareja y se juró no repetir jamás ese patrón. Sabía que existía otro y su convencimiento era tan claro como futuramente real: existe. No hay duda. Lo había visto en sus sueños, y en sus películas de sábado por la noche. También en los cuentos que leía de niña y en las historias de sus amigas, donde todas estaban felices y los problemas no existían jamás en su relación de pareja porque se querían mucho, mucho.

Y así emprendió su búsqueda, y captura, para conocer a su hombre perfecto. Ése que te entiende siempre, el que se pasea por tu vida con una sonrisa en la boca, aunque no existan motivos, ese que es positivo y todo lo convierte en un razón para dar las gracias. Y las sonríe. Ése que no engorda nunca, ni se queda calvo porque ama cuidarse y te ama tanto, que no soportaría dejarte de admirar ni por un momento. Vive pensando en ti, sólo en ti” y, por si fuera poco, su mirada siempre refleja lo feliz que está de tenerte a su lado y te lo recuerda con palabras de “te quiero” y con flores los días-porque-sí, y con entradas al cine de películas de amor a destajo. Ay ese hombre…

Lo encontró. Casualmente lo encontró. Tal cual. Sin trampa ni cartón. Allí estaba, delante suyo, susurrándole a la vida lo agradecido que estaba de tenerle cerca.

El primer día que su príncipe se levantó sin ganas de sonreír, saltaron las alarmas. ¿Cómo? ¿Qué ocurre? ¿Se acabó el amor? ¿Le habré hecho algo? ¿Es conmigo? Y entonces se puso en acción, porque no podía consentir que ese amor ideal de su cabeza no coincidiese con el amor que tenía delante. Y entonces empezó a abrazarle mucho más para verle sonreír y para demostrarle que su historia imaginaria podía ser real. Empezó a decirle muchos “te quiero”, y a mirarle con ojos de “vivo pensado en ti y sólo en ti”, y a reflejar con su mirada lo feliz que estaba de tenerle a su lado, y a regalarle entradas de cine con amor a destajo…

Y llegó un día en el que él sonreía menos y ella puso más acción todavía. Dispuesta a todos los momentos de batalla que hiciesen falta para que su idea amorosa del hombre ideal saliese victoriosa. Y así, sin darse cuenta, olvidó su manera de ser para convertirse en la manera de ser de la protagonista de su historia ideal. Dejó de preguntarse los abrazos que quería dar de verdad, para ofrecer los de la historia del cuento, dejó de cuestionarse la de veces que quería ir al cine, porque la chica de la historia quería ir todos los días de su vida… dejó de ser para querer que fuera.

Y llegó otro día en el que ella era la actriz de un cuento de Walt Disney y él un personaje real que no entendía la frustración eterna de su pareja. Ella luchando por lo que debería ser. Él entristeciendo por no tener el permiso de ser libre para sonreír cuando quisiese, para ir al cine cuando así lo desease ni para decir “te quiero” cuando fuese de verdad.

Harto de los reproches por lo que debería de ser y cansado de no ser querido por lo que era, se sentó en sofá, Y dejó de hablar para huir de la poca aceptación. Y entristeció hasta dejar de decir “te quiero”. Y su mirada ya no era el reflejo de lo feliz que estaba de tenerla cerca, y empezó a odiar las flores, y el cine, y las miradas de poesía y los violines de su puta madre…

¿Y ella? Ay ella… Posiblemente salió en busca de su príncipe verdadero, del hombre ideal que en algún lugar del planeta debía de existir. Posiblemente se recordó la historia prometida de no volver a repetir aquello que un día se negó a vivir. No lo sé… Quizás aceptó que la realidad es la que es y que aceptación no es resignación porque aprendió a dejar de luchar por querer cambiar vidas y optó por aceptar que las personas somos, y que somos más todavía cuando dejamos ser. Quizás aprendió a ser ella, aunque no fuese la perfecta que anidaba en sus sueños de amor. Quién sabe…

Rosa, Rosae, Rosa

La primera vez que vi a Rosa fue como una ventolera de contradicciones que fueron tomando tierra a medida que dejó de echar aire allí donde no tenía sentido.

La dama de la impaciencia, del aquí y ahora, del “lo voy a intentar, lo he intentado, lo vuelvo a intentar”. La víctima de una jaula perfecta llamada cabeza, donde ella, sin darse cuenta, fue depositando grandes dosis de libertad. Se quedó sin ninguna, o esa creía.

Decir que Rosa es una más de todas las personas que ponemos excusas para no llevar adelante un plan, no tendría sentido. Rosa es más que todo eso. Rosa es frescura maniatada y el colmo de la generosidad. Es la reina del despiste, del corazón grande y del “todo o nada”,

Gracia Rosa por tu camino compartido, y por tus momentos de todo, y por tus vacíos de nada. Alguien que tanto da, siempre tiene algo que seguir dando. Gracias preciosa Rosa. Me ha encantado compartir junto a ti el inicio de un nuevo camino que deseo, nunca dejes de andar.

Parte I

Parte II

Mª Jesús y su Revolution

 

Hay personas que se atreven a ser, a indagar en lo más profundo de su mundo a oscuras para darse luz. Hay personas que sienten merecer ser felices y caminan hacia ello porque es lo único que puede dar sentido a sus vidas, y hay personas valientes que, sabiendo que no tienen nada que perder, se sumergen en sus vidas para encontrarse, y se encuentran. Mª Jesús es un ejemplo de ello.

Nacer a la sombra de una madre protagonista de todo, le dejó poco espacio que ocupar y creció pensando que otros eran siempre más importantes que su propia vida. Ayudadora de la necesidad ajena, se olvidó de la suya propia, de ser ella, de liberarse de nudos internos, y del pensamiento eterno de “si piensas en ti, eres egoísta. Y eso no es bueno”.

Pero un día se dio cuenta de su valía y de la necesidad no cubierta de aprender a decir “no”, de aprender a decidir por ella misma y de ver lo que nunca se atrevió a mirar: su interior.

Gracias Mª Jesús por tu camino compartido y por todos los aprendizajes que generas allí donde vas. Un placer que nuestras vidas hayan coincidido y un enorme gracias por la huella que has dejado en mí y en todos mis compañeros. Tu ejemplo te hace más grande todavía.

Parte I

Parte II

Érase una vez la inteligencia emocional

Y Howard Gardner tuvo la culpa

Inteligencia Emocional, dos palabras que parecen estar muy de moda (aleluya) en nuestro mundo de empresa y de escuela, en las relaciones con nosotros mismos, con nuestra vecina y con los demás. Llegados a este punto de auge total, en la teoría de muchos y en la práctica de no tantos, me parece interesante hablar de lo que es la inteligencia emocional y ver, a partir de ahí, y si nos apetece, si queremos que forme parte de nuestras vidas. O no.

Para definirla de una manera muy, muy fácil, vamos a imaginar que nuestro cerebro está formado por diferentes compartimentos, donde cada uno de ellos está ocupado por un tipo de inteligencia. El señor Howard Gardner habla de ocho inteligencias distintas, como la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la inteligencia musical… Si te parece, dedicamos otro post para explicar en qué consiste cada una de ellas, y ahora nos ocupamos de dos en concreto, porque son las que nos van a servir para construir el marco de lo que estamos hablando: la inteligencia intrapersonal y la inteligencia interpersonal.

Resumiendo. Eso que llamamos inteligencia emocional es la suma de nuestra inteligencia intrapersonal y nuestra inteligencia interpersonal.

Y éstas… ¿en qué consisten?

La inteligencia intrapersonal tiene que ver con todas esas habilidades que mejoran nuestra relación con nosotros mismos. Esas habilidades hablan de la conciencia que tenemos sobre nosotros mismos, de conocer y reconocer nuestras emociones y estados de ánimo y saber qué información nos ofrecen, de cómo nos valoramos y reconocemos nuestras fortalezas y limitaciones (cuidado con el ego y sus trampas) y de cómo confiamos en nosotros y en nuestra capacidad de obtener todos aquellos objetivos que nos fijemos.

Tiene que ver con conocernos a nosotros mismos, con aceptarnos y saber cuáles son nuestras posibilidades, con definir nuestros propios objetivos y valores y con orientarnos a través de nuestro comportamiento hacia la meta deseada.

En definitiva, las habilidades intrapersonales hablan de nuestra relación con nosotros, de cómo nos escuchamos, nos sentimos, nos aceptamos, nos queremos y nos motivamos para proponernos retos y alcanzarlos.

Una vez salimos de nosotros, aparecen las relaciones con los demás. Aquí hablamos de habilidades interpersonales. Estas habilidades nos hablan de comunicación, de empatía y de escucha. Y son maravillosas cuando las utilizamos correctamente: saber comunicar desde la autenticidad, desde la asertividad y su capacidad de poner límites de una determinada manera, desde lo coherente entre lo que mis pensamientos, mi cuerpo y mis palabras dicen, desde el silencio cuando es elegido, porque también comunica…

O ser empático, y tener esa capacidad de adentrarnos en la emoción del otro, para entenderla y respetarla, para entrar y ayudar a salir desde lo cercano del respeto y lejano del consejo no pedido… Y la escucha… ay la escucha. Esa que acompaña desde el silencio, donde no te asiento para responderte, sino para escucharte porque en ese momento mi tiempo es sólo tuyo. Donde estoy dispuesto a abrir maneras de ver a través de lo que me dices. Escucha desde todos los sentidos, esos que van más allá de la palabra porque, aunque no nos demos cuenta… la mirada, los gestos y todo su ser es digno de ser escuchado.

Ojalá llegue un día donde nos atrevamos a descubrir desde el no miedo quiénes somos y profundizar en nuestro ser más escondido para recordarle que es infinito de capaz y de maravilloso. Ojalá llegue un día en el que, cuando lo hayamos visto, seamos capaces de apreciar lo mismo en la persona que tenemos delante y donde lo mental se detenga para tomar conciencia de nuestro lado emocional, dejándole un espacio tan importante como el que se merece.